¡Pelea, pelea!
El grito arrancó de la fila de la fuente, cruzó el cielo del
patio de la escuela, rebotó en el juego de la taba del porche y voló hasta la
sombra del viejo chopo que en época de canícula acoge a los escolares bajo sus
amplias ramas como una oronda gallina
clueca de plumas verdes.
Hasta entonces, un orden anárquico había gobernado en el
recreo: un niño vestido con una descolorida camiseta del Barça corría con el
cuerpo ligeramente inclinado, las piernas arqueadas y los brazos como si le
atacara un enjambre de avispas, protegiendo
una pelota multicolor medio deshinchada, que saltaba como un sapo en el cemento
del patio; a su alrededor, una multitud gritaba, ¡pásamela!, ¡éntrale! ¡chuta!,
¡a mí, a mí!, ¡quítasela de una vez! En el mismo espacio, pero en otra
dimensión, una niña de pelo negro enmarañado y ojos encendidos perseguía
desaforada a un par de trenzas rubias que flameaban coronando un revuelo de
faldas y gritos. Por su parte, invisibles para futbolistas y perseguidoras, un
chico y una chica paseaban concentrados en una conversación muy formal, en
medio del caos, sin sospechar nada de lo que ocurría a su alrededor.
¡Pelea! ¡Pelea!
El grito empujó a los escolares hacia un extremo del patio en
medio de una gran confusión. La algarabía atrajo a los profesores de
guardia hacia el enjambre de niños;
pero, antes de que los monitores se acercaran lo suficiente para poner paz en
la contienda, sonó la sirena que daba fin al tiempo de recreo y la barahúnda se
desintegró con la misma velocidad que se había congregado.
Horas más tarde, en el sosiego de la terraza de un bar, Lorenzo,
apodado por sus alumnos “el Risitas”, refería a sus contertulios el incidente
anterior.
―¡No os lo vais a creer! La explicación de Marcos fue que Castaños
se había sentado en su sitio. ¡Tendríais que haber visto la rabia con que lo
decía, colorado como un tomate, de modo que parecía
que le iba a dar un síncope!
― ¡Hay que ver por qué tonterías se organiza una pelea!
―añadió Isabel, rebautizada como “Miss O’cloc”
por su obsesión por la puntualidad―. Estos críos llevan la agresividad dentro y
cualquier excusa les sirve.
Antonio, un profesor jubilado que había ejercido durante más
de veinte años en el colegio y que de vez en cuando se acercaba por el bar para
saludar a los antiguos compañeros y tomar una cerveza con ellos, no estuvo de
acuerdo.
― ¿Ya no os acordáis de cuando erais niños? El pupitre era
el punto desde el que tomábamos las referencias para construir nuestro mundo
escolar: la perspectiva de la pizarra, del mural con los dibujos de la clase de
plástica, del perchero donde colgábamos los abrigos en invierno o de la mesa
del profesor, que ojeábamos de vez en cuando para controlar al maestro. Y,
sobre todo, nos permitía tener cerca a los mejores amigos; aquellos cuya proximidad
hacía que entrásemos a la clase con el mejor ánimo.
―Pero, ¿tú crees que los chavales valoran todo eso?
―intervino, escéptico, Lorenzo―. Estos críos solo piensan en jugar.
―Todo el mundo, no solo los niños, necesita un lugar al que
pertenecer y que le pertenece: es “casa”,
en el pilla – pilla; el rincón, debajo de la mesa, libre de miradas
extrañas, donde jugábamos cuando niños; o el techo de nuestra habitación, que aun
contemplamos para relajarnos antes de dormir; en definitiva, el lar de los
antiguos romanos.
Lorenzo siguió en sus trece.
― Eso era en la antigüedad, cuando la gente vivía en la
misma casa durante generaciones, pero actualmente cambiamos de residencia
varias veces a lo largo de la vida. Pocas personas conservan algo de cuando
eran pequeños o de su familia. Todo va quedando atrás.
― Creo que estáis equivocados. La vida no es una línea recta
sobre la que avanzamos dejando atrás lo vivido, sino una concha de caracol que
se desarrolla enroscándose sobre sí misma de manera que el pasado y el futuro
se manifiestan en lo que somos en cada instante.
Isabel y Lorenzo eran, tal vez, demasiado jóvenes para
encontrar en su interior la infancia recién abandonada.
―¿Nunca habéis tenido la sensación de que el niño que
fuisteis sigue estando ahí, con los miedos y los consuelos que experimentamos
en la infancia? Los demonios creados en la niñez nos acompañan durante toda la
vida; cambian de significado, pero son los mismos demonios; y otro tanto ocurre
con los abrigos que buscamos para protegernos de ellos.
Para vencer la incredulidad de Lorenzo e Isabel, Antonio
ilustró la tesis que defendía con el relato de su propia experiencia.
― Lo que os voy a contar me pasó cuando tenía cinco o seis años… cinco probablemente, pues mi
padre aun ejercía en Lezuza. Sé que era sábado, porque el maestro empezó a
explicarnos el Evangelio que correspondía al domingo siguiente. Doy por
supuesto que, aunque solo sea por
referencias, habréis oído hablar del nacional - catolicismo. Yo estaba sentado en
un pupitre doble, con las manos agarradas al borde del tablero, aun conservo en
las palmas el recuerdo de la superficie relamida, y los pies bailoteando a un
palmo del suelo. El cosquilleo en la boca del estómago me anunciaba otra
maravillosa aventura en la que yo sería el hijo pródigo recibido con honores de
héroe, el Dios que ordenase a Lázaro ¡levántate y anda!, o el encantador que
curara a un leproso poniéndole las manos en la cabeza. ¡Con qué emoción me
imaginé diciendo: “Ve, tu fe te ha salvado”!
La débil claridad que entraba por las ventanas que se abrían
a mi izquierda apenas me permitía vislumbrar, desde mi pupitre, las paredes del
aula, sucias y desconchadas; a la derecha, el mapa de España, con las cordilleras
y los ríos, colgaba de una alcayata. Delante, encima de la pizarra de hule, un
crucifijo cubierto de polvo y humo, y las estampas de Franco, José Antonio y la
Inmaculada Concepción, de tonos rancios, azulados y amarillentos, presidían la
sala.
Al conjuro de la palabra Cafarnaúm, escrita en el
encerado, me monté mi propia película: me encontraba en una plaza de casas
blancas en forma de cubo, con ventanas acabadas en un extraño arco puntiagudo,
y rematadas por una cúpula. Más allá, colinas suaves salpicadas de olivos
ondulaban el horizonte.
En aquel tiempo…, leía don Pedro, el maestro, cuando
vi pasar a mi lado a un hombre de piel oscura, ojos brillantes y barba hirsuta,
con la cabeza cubierta por un turbante retorcido; vestía una túnica blanca de
rayas grises y calzaba sandalias de cuero basto, que dejaban al aire los
talones y los dedos de los pies; en un rincón, distinguí a una mujer, como una
sombra, que lloraba a su hijo muerto; y por todas partes pululaba una multitud
de ciegos pedigüeños y leprosos intocables. Me encogí en el asiento, excitado
por el aire de misterio.
Yo veía al maligno trepando entre brillos por el extremo
superior izquierdo de la pizarra, huyendo de la boca abierta de un hombre
asustado. A mis oídos llegaba, teatral, la voz del maestro, …un hombre
poseído por un espíritu inmundo... El diablo tenía forma de lagarto alado
con la cola acabada en punta de flecha y las garras de ave de rapiña. ¡Espíritu
sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más! Me sentí observado
por el demonio que giraba la cabeza hacia los bancos. Sus ojos despedían rayos
de ira y su boca de dragón amenazaba con abrasarnos con una lengua de fuego.
Detrás de mí, roncaba el latido, sordo e inquietante, de las
llamas dentro de la estufa de hierro. Esta tenía el tiro abierto al máximo para
contrarrestar el frío que se filtraba a través de las grietas del cielo raso,
por donde asomaban las cañas del tejado. La panza del aparato estaba al rojo
vivo y las chispas subían tubo arriba escapándose por los empalmes. Cuando don
Pedro abría la trampilla para añadir unos tacos de madera de encina a las
brasas, el fuego bramaba como si se hubieran abierto las puertas del infierno.
Yo no podía apartar la vista del diablo que reptaba rabioso
por la pizarra. Protegido en mi pupitre, del que apenas sobresalían la cabeza y
los hombros, no me atrevía a levantarme para beber agua en el botijo de barro,
lleno de mugre, que teníamos en el aula, a pesar de que sentía la boca reseca
por el humo que rodeaba al inmundo ser. Hasta mí llegaban los gritos de horror
de la muchedumbre ante la presencia del monstruo
El bullicio de los galileos
se mezclaba con las exclamaciones que llegaban de la calle; pero,
paulatinamente, estas empezaron a cobrar entidad propia.
− ¡Fuego!
− ¡En el tejado de la escuela!
− ¡Buscad al sacristán para que toque a rebato!
Levanté la vista y vi que por los resquicios del techo salía
el humo a borbotones, acompañado por lenguas anaranjadas que se asomaban y
desaparecían burlándose de mi pánico.
Lo recuerdo bien, porque parece que fue ayer. Hacía un
instante que el maestro había leído: El espíritu inmundo, sacudiendo al
hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Al percatarse del
fuego, don Pedro nos ordenó salir en orden de la escuela; pero yo, paralizado por el
miedo, seguía aferrado al banco que me ofrecía un abrigo seguro.
Todavía, ahora, revivo aquella experiencia, cuando por la
noche, al cepillarme los dientes, descubro una nueva mancha en la piel o un
dolor desconocido me avisa de que el cuerpo acelera su camino hacia la muerte,
el estómago se me vuelve del revés y un ligero escalofrío me recorre la espalda;
sobrecogido por este presentimiento, me voy a la cama en busca de la evasión
que ofrecen las sábanas. En la cueva, cierro los ojos y me siento transportado
a la vieja escuela de Lezuza, la mañana en que me encontré cara a cara con el
demonio. Entre sueños, oigo las palabras mágicas, En aquel tiempo… y veo al vil trepar por la imagen del espejo; entonces,
me contraigo un poco más entre las tablas del pupitre.
¿Entendéis por qué comprendo perfectamente la furia de ese
chico para defender su sitio?
Cuando Antonio acabó su narración, Isabel y Lorenzo se miraron
con una sonrisa comprensiva. ¡Qué van a entender, si ellos aun huían de la
infancia!
Desde la calle llegaban las voces de algunos alumnos que
acababan de salir del colegio y discutían lo sucedido en el recreo.
― ¡Se ha pasado, “el Marky”, mira que darle una patada !
―¡Joder, si es su sitio, no tiene por qué quitárselo “el
Casta”!
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