miércoles, 28 de noviembre de 2012

El pupitre


¡Pelea, pelea!

El grito arrancó de la fila de la fuente, cruzó el cielo del patio de la escuela, rebotó en el juego de la taba del porche y voló hasta la sombra del viejo chopo que en época de canícula acoge a los escolares bajo sus amplias ramas  como una oronda gallina clueca de plumas verdes.  
Hasta entonces, un orden anárquico había gobernado en el recreo: un niño vestido con una descolorida camiseta del Barça corría con el cuerpo ligeramente inclinado, las piernas arqueadas y los brazos como si le atacara un enjambre de avispas,  protegiendo una pelota multicolor medio deshinchada, que saltaba como un sapo en el cemento del patio; a su alrededor, una multitud gritaba, ¡pásamela!, ¡éntrale! ¡chuta!, ¡a mí, a mí!, ¡quítasela de una vez! En el mismo espacio, pero en otra dimensión, una niña de pelo negro enmarañado y ojos encendidos perseguía desaforada a un par de trenzas rubias que flameaban coronando un revuelo de faldas y gritos. Por su parte, invisibles para futbolistas y perseguidoras, un chico y una chica paseaban concentrados en una conversación muy formal, en medio del caos, sin sospechar nada de lo que ocurría a su alrededor.
¡Pelea! ¡Pelea! 
El grito empujó a los escolares hacia un extremo del patio en medio de una gran confusión. La algarabía atrajo a los profesores de guardia  hacia el enjambre de niños; pero, antes de que los monitores se acercaran lo suficiente para poner paz en la contienda, sonó la sirena que daba fin al tiempo de recreo y la barahúnda se desintegró con la misma velocidad que se había congregado. 
Horas más tarde, en el sosiego de la terraza de un bar, Lorenzo, apodado por sus alumnos “el Risitas”, refería a sus contertulios el incidente anterior. 
―¡No os lo vais a creer! La explicación de Marcos fue que Castaños se había sentado en su sitio. ¡Tendríais que haber visto la rabia con que lo decía,  colorado como un tomate, de modo que parecía que le iba a dar un síncope!
― ¡Hay que ver por qué tonterías se organiza una pelea! ―añadió Isabel, rebautizada como  “Miss O’cloc” por su obsesión por la puntualidad―. Estos críos llevan la agresividad dentro y cualquier excusa les sirve.
Antonio, un profesor jubilado que había ejercido durante más de veinte años en el colegio y que de vez en cuando se acercaba por el bar para saludar a los antiguos compañeros y tomar una cerveza con ellos, no estuvo de acuerdo.
― ¿Ya no os acordáis de cuando erais niños? El pupitre era el punto desde el que tomábamos las referencias para construir nuestro mundo escolar: la perspectiva de la pizarra, del mural con los dibujos de la clase de plástica, del perchero donde colgábamos los abrigos en invierno o de la mesa del profesor, que ojeábamos de vez en cuando para controlar al maestro. Y, sobre todo, nos permitía tener cerca a los mejores amigos; aquellos cuya proximidad hacía que entrásemos a la clase con el mejor ánimo. 
―Pero, ¿tú crees que los chavales valoran todo eso? ―intervino, escéptico, Lorenzo―. Estos críos solo piensan en jugar.
―Todo el mundo, no solo los niños, necesita un lugar al que pertenecer y que le pertenece: es “casa”,  en el pilla – pilla; el rincón, debajo de la mesa, libre de miradas extrañas, donde jugábamos cuando niños; o el techo de nuestra habitación, que aun contemplamos para relajarnos antes de dormir; en definitiva, el lar de los antiguos romanos. 
Lorenzo siguió en sus trece.
― Eso era en la antigüedad, cuando la gente vivía en la misma casa durante generaciones, pero actualmente cambiamos de residencia varias veces a lo largo de la vida. Pocas personas conservan algo de cuando eran pequeños o de su familia. Todo va quedando atrás.
― Creo que estáis equivocados. La vida no es una línea recta sobre la que avanzamos dejando atrás lo vivido, sino una concha de caracol que se desarrolla enroscándose sobre sí misma de manera que el pasado y el futuro se manifiestan en lo que somos en cada instante.
Isabel y Lorenzo eran, tal vez, demasiado jóvenes para encontrar en su interior la infancia recién abandonada. 
―¿Nunca habéis tenido la sensación de que el niño que fuisteis sigue estando ahí, con los miedos y los consuelos que experimentamos en la infancia? Los demonios creados en la niñez nos acompañan durante toda la vida; cambian de significado, pero son los mismos demonios; y otro tanto ocurre con los abrigos que buscamos para protegernos de ellos.
Para vencer la incredulidad de Lorenzo e Isabel, Antonio ilustró la tesis que defendía con el relato de su propia experiencia.
― Lo que os voy a contar me pasó cuando tenía cinco  o seis años… cinco probablemente, pues mi padre aun ejercía en Lezuza. Sé que era sábado, porque el maestro empezó a explicarnos el Evangelio que correspondía al domingo siguiente. Doy por supuesto  que, aunque solo sea por referencias, habréis oído hablar del nacional - catolicismo. Yo estaba sentado en un pupitre doble, con las manos agarradas al borde del tablero, aun conservo en las palmas el recuerdo de la superficie relamida, y los pies bailoteando a un palmo del suelo. El cosquilleo en la boca del estómago me anunciaba otra maravillosa aventura en la que yo sería el hijo pródigo recibido con honores de héroe, el Dios que ordenase a Lázaro ¡levántate y anda!, o el encantador que curara a un leproso poniéndole las manos en la cabeza. ¡Con qué emoción me imaginé diciendo: “Ve, tu fe te ha salvado”! 
La débil claridad que entraba por las ventanas que se abrían a mi izquierda apenas me permitía vislumbrar, desde mi pupitre, las paredes del aula, sucias y desconchadas; a la derecha, el mapa de España, con las cordilleras y los ríos, colgaba de una alcayata. Delante, encima de la pizarra de hule, un crucifijo cubierto de polvo y humo, y las estampas de Franco, José Antonio y la Inmaculada Concepción, de tonos rancios, azulados y amarillentos, presidían la sala. 
Al conjuro de la palabra Cafarnaúm, escrita en el encerado, me monté mi propia película: me encontraba en una plaza de casas blancas en forma de cubo, con ventanas acabadas en un extraño arco puntiagudo, y rematadas por una cúpula. Más allá, colinas suaves salpicadas de olivos ondulaban el horizonte.
En aquel tiempo…, leía don Pedro, el maestro, cuando vi pasar a mi lado a un hombre de piel oscura, ojos brillantes y barba hirsuta, con la cabeza cubierta por un turbante retorcido; vestía una túnica blanca de rayas grises y calzaba sandalias de cuero basto, que dejaban al aire los talones y los dedos de los pies; en un rincón, distinguí a una mujer, como una sombra, que lloraba a su hijo muerto; y por todas partes pululaba una multitud de ciegos pedigüeños y leprosos intocables. Me encogí en el asiento, excitado por el aire de misterio.
Yo veía al maligno trepando entre brillos por el extremo superior izquierdo de la pizarra, huyendo de la boca abierta de un hombre asustado. A mis oídos llegaba, teatral, la voz del maestro, …un hombre poseído por un espíritu inmundo... El diablo tenía forma de lagarto alado con la cola acabada en punta de flecha y las garras de ave de rapiña. ¡Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más! Me sentí observado por el demonio que giraba la cabeza hacia los bancos. Sus ojos despedían rayos de ira y su boca de dragón amenazaba con abrasarnos con una lengua de fuego. 
Detrás de mí, roncaba el latido, sordo e inquietante, de las llamas dentro de la estufa de hierro. Esta tenía el tiro abierto al máximo para contrarrestar el frío que se filtraba a través de las grietas del cielo raso, por donde asomaban las cañas del tejado. La panza del aparato estaba al rojo vivo y las chispas subían tubo arriba escapándose por los empalmes. Cuando don Pedro abría la trampilla para añadir unos tacos de madera de encina a las brasas, el fuego bramaba como si se hubieran abierto las puertas del infierno.
Yo no podía apartar la vista del diablo que reptaba rabioso por la pizarra. Protegido en mi pupitre, del que apenas sobresalían la cabeza y los hombros, no me atrevía a levantarme para beber agua en el botijo de barro, lleno de mugre, que teníamos en el aula, a pesar de que sentía la boca reseca por el humo que rodeaba al inmundo ser. Hasta mí llegaban los gritos de horror de la muchedumbre ante la presencia del monstruo
El bullicio de los  galileos se mezclaba con las exclamaciones que llegaban de la calle; pero, paulatinamente, estas empezaron a cobrar entidad propia.
− ¡Fuego!
− ¡En el tejado de la escuela!
− ¡Buscad al sacristán para que toque a rebato!
Levanté la vista y vi que por los resquicios del techo salía el humo a borbotones, acompañado por lenguas anaranjadas que se asomaban y desaparecían burlándose de mi pánico. 
Lo recuerdo bien, porque parece que fue ayer. Hacía un instante que el maestro había leído: El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Al percatarse del fuego, don Pedro nos ordenó salir en orden de la escuela; pero yo, paralizado por el miedo, seguía aferrado al banco que me ofrecía un abrigo seguro. 
Todavía, ahora, revivo aquella experiencia, cuando por la noche, al cepillarme los dientes, descubro una nueva mancha en la piel o un dolor desconocido me avisa de que el cuerpo acelera su camino hacia la muerte, el estómago se me vuelve del revés y un ligero escalofrío me recorre la espalda; sobrecogido por este presentimiento, me voy a la cama en busca de la evasión que ofrecen las sábanas. En la cueva, cierro los ojos y me siento transportado a la vieja escuela de Lezuza, la mañana en que me encontré cara a cara con el demonio. Entre sueños, oigo las palabras mágicas, En aquel tiempo… y veo al vil trepar por la imagen del espejo; entonces, me contraigo un poco más entre las tablas del pupitre. 
¿Entendéis por qué comprendo perfectamente la furia de ese chico para defender su sitio?
Cuando Antonio acabó su narración, Isabel y Lorenzo se miraron con una sonrisa comprensiva. ¡Qué van a entender, si ellos aun huían de la infancia! 
Desde la calle llegaban las voces de algunos alumnos que acababan de salir del colegio y discutían lo sucedido en el recreo.
― ¡Se ha pasado, “el Marky”, mira que darle una patada !
―¡Joder, si es su sitio, no tiene por qué quitárselo “el Casta”!




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