Mullido y húmedo. El roce de los labios de la niña
en la fina piel del dorso de la mano fue para el sacerdote como una brisa
fresca en el sofocante calor de julio. El religioso se detuvo un instante en
medio de la plaza porticada. La cara en penumbra bajo el ala del sombrero. A
continuación reanudó el camino hacia la casa parroquial; a cada paso, la
puntera y el empeine de los zapatos, cubiertos por una fina capa de polvo,
asomaban por debajo de la sotana y se posaban en el suelo delante de la sombra.
El susurro del vuelo del hábito se
mezclaba con el chirriar pertinaz de las chicharras.
El silencio de la casa y el frescor de los muros de
piedra del zaguán sosegaron sus sentidos; pero un pellizco en el estómago le recordó que no había
ingerido nada desde el café de la mañana. Don Justo colgó el sombrero en la
percha de la entrada. La boca cerrada, el ceño fruncido y los ojos fijos en el
cristal esmerilado de la puerta que daba acceso al salón mostraban la inquietud
que sentía.
Ya en el
comedor, un concierto de aromas le activó las glándulas salivares. Levantó la
barbilla, desarrugó el entrecejo y tensó los labios en un amago de sonrisa. La
luz que se filtraba a través de los postigos entornados de las ventanas
arrancaba reflejos irisados de un jarrón
con claveles y orquídeas que adornaba el centro de la mesa ovalada; en un
extremo, dispuestos como las imágenes en las arquivoltas de la puerta de la
iglesia, estaban las fuentes y los platos de porcelana checa, adornados con
guirnaldas de flores dibujadas a mano, y la cristalería grabada con motivos modernistas;
enfrente del comensal, una botella de vino tinto del Priorato proyectaba una
sombra carmesí, como una mancha de sangre, sobre la clave del arco; había,
además, vino cocido para el aperitivo, un porrón con moscatel para los postres
y una jarra con agua para aclararse la boca entre plato y plato.
―Hoy volveré sobre las dos, ten la comida preparada
para esa hora ―había ordenado a la criada antes de salir.
Hacía tres días del parto y la chica ya estaba
recuperada físicamente, era joven y fuerte. A pesar de esto, la noche anterior
la oyó llorar hasta que se quedó dormida. Debe de ser lo que llaman depresión
post-parto, una tontería de mujeres, que son débiles psicológicamente; si les
hiciéramos caso, se volverían inútiles, pensó.
El cura se sentó a la mesa con solemnidad, se
acomodó la sotana y se sirvió una copa de aperitivo para preparar la garganta;
dio un sorbo, retuvo el líquido un instante y dejó escapar el aroma por la
nariz antes de tragarlo. El calor del néctar tonificó su estómago como el sol
de las mañanas de primavera reconforta la piel de las mejillas. Observó los
entrantes: riñones, sesos rebozados y croquetas de carne picada. Se decidió por
los riñones, que cedían a la presión de los dientes como una golosina; después,
comió los sesos aplastándolos con la lengua contra el paladar para disfrutar de
la delicadeza del tacto; por último, se dedicó a las croquetas, que se
deshacían en la boca y la llenaban de grumos de carne tierna; alternaba los
bocados con sorbos de vino. Todo junto era una delicia, aunque se guardaría de
dárselo a entender a la cocinera, pues opinaba que a los jóvenes se les debe
formar en la mesura, sin halagos que estimulen su soberbia.
Él había sabido educar a su sobrina. Cuando la tomó
a su servicio era poco menos que una salvaje que había vivido hasta los trece
años en medio de la nada. Su padre cuidaba el ganado y hacía algunas faenas de campo
en una casa de labor y su madre ayudaba en la cocina y en las tareas
domésticas; pero en la finca no había
trabajo para una persona más. El sacerdote la recogió como un acto de caridad y
esperaba que Dios se lo tuviera en cuenta. Le enseñó los principios de la fe
católica y forjó su espíritu en la sobriedad y el esfuerzo; nunca le permitía
ni un segundo de ocio y a cada cosa que hacía, él sabía encontrarle un defecto:
la ropa podía plancharse mejor; la comida debía estar más caliente o más fría;
la compra se podía encontrar más barata y de mejor calidad. Además, un bofetón
de vez en cuando fortalecía su carácter y mantenía a raya la autoestima, que a estas edades tiende a crecer de forma desmedida.
Se enjuagó la boca y escupió el agua en el suelo. A continuación acercó la sopera que contenía
caldo de menudillos y fideos finos; le satisfizo que el líquido estuviera en su punto de sal y
temperatura. Escanció vino y bebió un trago largo; la potencia del Priorato actuó
como una inyección de fuego en la sangre del clérigo. Sorbía la sopa despacio y
masticaba con deleite los tropezones moviendo las mandíbulas de un lado a otro
con la boca cerrada; de vez en cuando, se detenía para dejar que el sabor se
extendiera por todo su cuerpo. Recordó los momentos en que controlaba el deseo
para alargar la caricia; el instinto le impelía a consumir aquel placer a
grandes tragos, pero sabía dominar sus impulsos para prolongar el goce. Cogió
el pan recién horneado y cortó un pellizco para echarlo en la sopa; las yemas
de los dedos recordaron la sensualidad de las nalgas de la joven. Estiró las
piernas y las abrió ligeramente, mientras se acomodaba el pantalón debajo de la
ropa talar.
Acabó la sopa y destapó el segundo plato: carne
rebozada en pan rallado y frita, que se podía cortar con una ligera presión del
tenedor, con judías verdes a la plancha como guarnición. Comió un trozo de
carne y volvió a beber. La ternura de las
costillas le evocó la imagen de la criada, más tarde iría a ver cómo le daba de
mamar al niño; estaba seguro de que, a pesar de todo, sería una buena madre.
Este pensamiento le conmovió, pero reaccionó con furia; al fin y al cabo, ella
era la culpable de los problemas que había supuesto el embarazo.
La imaginó en la cocina, sentada al lado de la mesa
camilla, enfrente del fregadero, contemplando como una boba las moscas que
pululaban alrededor de la barra de hierro donde en enero se cuelgan las ristras
de chorizos y morcillas hasta el día de la fritura; o, igual que entonces, de
pie junto a los fogones, esperando a que él terminara para retirar los platos y
cubiertos de la mesa y servir el café. Aquel día estaba alterado, no recordaba
por qué, solo que había bebido vino con ansia y que se enfureció porque el bol
de la fruta no estaba sobre la mesa. Se levantó, fue a la cocina y golpeó con
fuerza a la chica en la espalda. Ella, que no lo había visto venir, trastabilló
y cayó de bruces con la falda por encima de las rodillas; los ojos del cura
captaron por un instante la delicadeza de sus muslos. Inmediatamente, sintió el
escozor del arrepentimiento y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.
―¡Perdóname, por favor! ¡No sé lo que hago! ―le
suplicó mientras le secaba las lágrimas con la mano.
La niña se mordía el labio inferior y lo miraba con
los ojos muy abiertos y llenos de agua; las mejillas le temblaban a sacudidas,
como la lona del entoldado en un día de viento. El sacerdote sintió que la ternura le subía desde el estómago, como las
olas del mar inundan la playa en la marea alta, le cogió la cara y la besó en
los ojos para enjugar las lágrimas que resbalaban por su piel; deslizó las
manos hacia la nuca de la niña y la atrajo con fuerza para besarla en la boca;
pero ella se separó violentamente y escapó; este gesto aumentó la excitación
del hombre.
Ahora recordaba lo que ocurrió entonces como en una
sucesión de pasos de Semana Santa: el vuelo de la falda mostrando las corvas, el
deseo pugnando debajo de los pantalones, los furiosos golpes en la puerta de la
habitación del servicio, las amenazas y las falsas muestras de arrepentimiento,
“no podremos vivir juntos si me tienes miedo, volverás al campo”. Los sollozos,
la rabia, los golpes; el olor a sudor y a cocina; el pequeño cuerpo aplastado
debajo del suyo. La desazón; la ropa de cama tirada en el suelo; la pequeña
acurrucada tapándose con una esquina de la sábana, callada, pálida, llena de
moratones. Sus propias pisadas en la huida hacia la iglesia martilleándole en
el cerebro; el perdón de Dios; la paz.
Volvió a experimentar el desasosiego que sintió en
aquel momento y maldijo a su sobrina por encarnar la tentación del diablo.
Recobró la calma; aquel incidente desagradable era ya agua pasada. Comenzó el
postre: un flan de manzana preparado con gelatina; el aroma de la fruta y el
sabor dulce del vino moscatel le trajeron recuerdos más placenteros. Después de
aquel encuentro, hubo otros, en los que, si bien la joven no se mostraba complacida,
tampoco se resistía.
Cuando ella le sugirió que usara preservativos para
evitar la preñez, se negó, porque la doctrina de la Santa Madre Iglesia era
contraria a poner barreras a la naturaleza.
―No temas ―argumentó el cura―. Los Padres de la
Iglesia afirman que si la mujer no siente placer, no se puede quedar
embarazada; y tú no debes sentirlo, porque solo eres un instrumento para
aplacar el fuego que el diablo pone en mi cuerpo. Si disfrutaras con el sexo,
serías como una vulgar ramera.
Y cuando el embarazo se hizo evidente, le llamó
puta y le ordenó permanecer dentro de casa y encerrarse en su habitación si
había de venir alguien; él diría que se había ido al pueblo a visitar a su
familia. Aparte de esos momentos, todo debería seguir como hasta entonces.
Pero ya no era igual; a los ojos de su tío, la niña
había perdido la frescura y la inocencia; sobre todo, debido a la horrorosa
propuesta que le había hecho en el segundo mes de gestación. Sus palabras se le
habían quedado grabadas en la memoria.
―El parto me da mucho miedo ―dijo.
―No hay ninguna razón; al fin y al cabo, la Virgen
María tuvo a Jesús a los quince años y tú solo tienes uno menos.
―Pero yo estoy asustada. ¿Por qué no llamamos a una
partera que vive en la casa que hay pasadas las viñas del alcalde?
―Cuando llegue el momento, ya decidiremos; pero es
mejor que ese día no intervenga nadie, fuera de nosotros dos. No quiero
cotilleos a mi costa.
― No…, si no es por eso.
―¿Entonces…?
―Es que… esa vieja también sabe deshacer embarazos.
Aquellas palabras le horrorizaron, ¿cómo era
posible que dentro de aquel cuerpo insignificante se escondiera tal monstruo?
La golpeó con ira. En cada golpe esperaba ver salir al diablo por la boca
blasfema.
―¿Acaso te crees Dios, puta endemoniada, para
decidir sobre la vida de un niño inocente? ¡Óyeme bien, engendro del diablo,
solo Nuestro Señor puede decidir quién nace y quién no!
La evocación de aquel altercado descompuso los
nervios del sacerdote. La criada estúpida no venía a retirar los servicios
usados y a traer el café. Se levantó con violencia, dispuesto a recordarle a
aquella inútil cuáles eran sus obligaciones.
Al entrar en la cocina, le sorprendió el brochazo
carmesí que cruzaba la pared como un beso desgarrado; después, sus ojos
tropezaron con las viejas zapatillas de flores rosas y azules que flotaban
ingrávidas en el aire.
―¡En el nombre de Dios Todopoderoso!
Horrorizado, apartó la vista y su mirada se
encontró con la olla donde aún humeaban los restos de la sopa de menudillos; más
allá, desde un montón de basura, dispuestos uno encima del otro, como en un
extraño cuadro cubista, unos ojos de recién nacido lo miraban indiferentes.
Cayó de rodillas y, con el semblante descompuesto,
trazó una cruz en el aire con la mano derecha y sus labios se movieron de forma
imperceptible:
―Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine
Patris et Filiis et Spiritus Sancti.
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