De vez en cuando, Lucas miraba furtivamente a
su nieta; sus ojos, pequeños y acuosos, expresaban amor y preocupación.Cualquier observador perspicaz se daría cuenta de que los
corazones del anciano y de la joven latían al unísono. Lucas sabía que
Lara tenía la boca seca y un nudo en el estómago e intuía la causa:
las turbulencias de los sentimientos empezaban a hacer presa en su vida y la
niña tenía miedo, porque Lara vivía el ejemplo de unos padres atrapados en el fango de
un matrimonio estancado.
―¿Es interesante? ―El anciano cogió el libro,
que en su mano tembló como la hoja de un álamo.
―Se lee muy bien. Me enganchó desde el
principio…
―Pero…
―¡Jo, abuelo, no se te escapa una!
Lucas sonrió al ver que había dado en el clavo.
―De la teoría a la práctica… ―siguió
la joven.
―Ya. Creo que fue García Márquez quien dijo que
recordar es fácil para quien tiene memoria, pero olvidar es difícil para quien
tiene corazón.
―¡Ay, abuelo! Me gustaría no tener sentimientos; la persona que no los tiene es más
difícil de herir. ―El abuelo sonrió ante la pasión que ponía Lara en cada una
de sus palabras.
―Los sentimientos son la sal de la vida. Lo que
tienes que hacer es aprender a convivir con ellos. Busca siempre la parte
positiva y esquívalos cuando sean amargos. ―Las palabras de Lucas sonaban dulces
a los oídos de su nieta, pero en ellas había poca convicción. El viejo sabía
que solo la experiencia podría proporcionar a su niña la habilidad necesaria
para manejar las emociones.
―Sí, claro, eso es muy fácil de decir, pero
¿cómo se hace?
Lucas cogió la mano de su nieta y la oprimió
con suavidad mientras le miraba a los ojos. El calor de aquellas manos
arrugadas reconfortó a Lara.
―¿Quieres que te explique un cuento, como
cuando eras pequeña y no te podías dormir?
―Sí, por favor; creo que lo necesito.
Lara reclinó la cabeza en el hombro del
anciano; olía a loción y a hogar.
―Hace muchos, muchos años, cuando la presión
del hombre aún no había expulsado a los habitantes del bosque hacia las cimas
más escarpadas de la sierra, las montañas que coronan la cuenca del río Sant
Nicolau estaban pobladas por náyades, ninfas vinculadas a una masa de agua de
forma que si esta se secaba, ellas morían; faunos, espíritus buenos de los
bosque, pero demasiado aficionados a las ninfas, y oceánidas, que gobernaban
las aguas de la montaña.
»
¿Recuerdas que hace dos veranos fuimos de excursión a Aigüestortes y paseamos por la orilla del
Sant Nicolau hasta el lago Redó? ―Sin esperar respuesta el viejo Lucas continuó
su relato.
» El espíritu de las ninfas era alegre y
travieso. Oxalis, la ninfa protagonista de esta historia, amaba aquellas
montañas donde podía obtener todo lo que necesitaba. Como todas las náyades,
estaba ligada al manantial donde había nacido y en cuyos alrededores pasaba la
mayor parte de su infancia. Su vista se recreaba con el blanco, gris y negro de
las rocas; con los distintos tonos del verde que visten los árboles, y con el
arco iris de las flores silvestres que alfombran los prados en las
laderas y los valles. Sus oídos se regalaban con el silencio de las montañas,
el susurro del viento en las copas de los árboles, el canto de los pájaros y el
gorjeo del agua en los arroyos. Y su piel se perfumaba con el suave aroma de
las clavellinas, la lavanda y el orégano.
Lara olfateó la piel de su brazo y comprobó que
olía a té verde; cerró los ojos y sus sentidos evocaron las sensaciones que
había tenido durante los días de vacaciones que pasaron en el Valle de Boí.
―Una noche, Oxalis estaba acurrucada y
temblando de frío en el refugio que había encontrado en medio de unas rocas. Al
principio no le hizo mucha gracia el sitio, si una de aquellas rocas se movía
un poco, arrastraría a otras y ella quedaría sepultada por el alud; pero luego consideró
que también sería mala suerte que aquella noche fuera a ocurrir la catástrofe;
además, el lugar le agradaba porque el hueco estaba orientado de forma que
recibiría los primeros rayos del sol de la mañana.
»En cuanto Oxalis cerró los ojos, un torbellino
de imágenes inundó su mente. Al principio fueron las más recientes: el bosque,
las hormigas, el torrente, el entorno de la fuente donde nació… La cadena de
acontecimientos que la habían conducido hasta allí se fue sucediendo ante los
ojos de su imaginación.
» Esa misma mañana, la ninfa se había sentado en
una gran roca blanca, a la orilla de un arroyo, con las piernas flexionadas y
la cara apoyada en las manos mirando melancólicamente los remolinos y los
saltos del agua; sin embargo, momentos antes, había pateado furiosa una piña
que encontró por el suelo. Desde hacía un tiempo, la joven ninfa experimentaba
en su ánimo violentos cambios: tan pronto se remansaba en una poza profunda,
como se revolvía frenética entre las rocas al caer por un desnivel. La
revolución de sus sentimientos la tenía confusa. Amaba la tranquilidad del
paraje donde vivía, pero esa paz no se reflejaba en su interior. Se sentía como una gota de miel que resbala por el borde del vaso, a punto de desprenderse y caer el vacío.
»Oxalis
había acariciado la roca sobre la que estaba sentada, porque sabía que la roca, de apariencia inmutable,iría
deshaciéndose poco a poco hasta desaparecer confundida con el entorno. Miró a su alrededor y sintió que se le erizaba el vello al ver que los grandes ojos del
álamo, en otros momentos alegres e interrogantes, la miraban distantes e inexpresivos, como
enormes cicatrices; la poza del arroyo, donde le gustaba contemplar su imagen diáfana,
se había convertido en un agujero oscuro y amenazante, y los sonidos que antes
la sosegaban llevaron la inquietud a su ánimo. Pensó que había llegado el
momento de partir en busca del oceánida que gobernaba aquellas aguas y pedirle
que la introdujera en la comunidad de las ninfas adultas. Para encontrarlo solo
tenía que dejarse llevar por el fluir del agua.
»Horas después, la vida de Oxalis había dado un
vuelco importante. Mientras se deslizaba por la pulida roca del lecho de un
barranco, confundida con el agua del torrente, se sentía feliz por haber dado
el paso que le haría dejar atrás la infancia. La corriente la condujo por unos
terraplenes rasgados por profundas grietas negras. Recordó que el arroyo con el
que fluía había aparecido después de que unas inmensas nubes oscuras hubieran
empezado a arrojar su carga sobre las cumbres de las montañas, en una tormenta de verano, y cayó en la cuenta de que el torrente
desaparecería cuando las nubes dejaran de descargar en las cumbres y de que ella se
quedaría sin aliento y con una enorme cicatriz, como las que veía a los lados
del terraplén, como recuerdo.
»La náyade, joven y ágil, luchó con todas sus
fuerzas contra el ímpetu de la corriente, pero se sentía como una hoja de chopo
en medio de un remolino de viento. Hubo un momento en que creyó que sería mejor
dejarse arrastrar, pero resistió, tarde o temprano el agua perdería empuje y
podría escapar. Efectivamente, al poco, llegaron a un rellano donde la roca emergía
y el torrente se arremolinaba para rodearla. Oxalis aprovechó para saltar a la
orilla, donde se tumbó e intentó controlar la agitación de su pecho, que subía
y bajaba como el fuelle de un herrero. Una vez reducida la fatiga, se dirigió a
la otra vertiente de la colina en busca de un cauce de aguas más claras y permanentes.
Su corazón se llenó de nuevas esperanzas, porque había sido capaz de superar la
primera trampa que se escondía en su marcha, sin erosiones de consideración y
con una experiencia que le sería muy útil en el futuro.
»El rumor del torrente se iba quedando atrás de
manera que ya se confundía con los otros sonidos de la montaña. Oxalis dejó de oírlo cuando se internó en un
bosque de pinos,cuyas copas se elevaban en el cielo como globos aerostáticos. Sorteaba con mucho cuidado
los grandes conos cubiertos de pinaza que salpicaban el suelo, no le hubiera gustado verse asaltada por
aquellas voraces hormigas rojas.
―Lara sintió un escalofrío al evocar la tarde
en que se había sentado en uno de estos promontorios y fue invadida por los
insectos.
»Cada vez que una curva
ocultaba el terreno que tenía delante, Oxalis avivaba el paso creyendo que al otro
lado se abriría un paisaje con nuevas perspectivas. Pero a sus ojos siempre se presentaba el mismo panorama, de modo que el ánimo de la ninfa
iba decayendo conforme se le helaban los dedos de los pies y de las manos;
aunque estaba habituada al bosque, necesitaba la proximidad de una corriente de
agua para que la sangre fluyera por sus venas y llevara calor a sus extremidades.
»La oscuridad iba cayendo y ya notaba el frío en
las piernas, en los brazos y en el pecho. Decidió buscar un abrigo entre las
rocas para pasar la noche. Así había llegado al refugio donde se encontraba
cuando revivió los acontecimientos del día.
Más adelante, conforme el sueño relajaba su mente, imágenes
inquietantes de leyendas oídas en su infancia ocuparon el lugar de los recuerdos. Una de estas imágenes fue la del
fauno: un mito entre las ninfas. Las mayores le habían contado que cuando una náyade se siente perdida es abordada por un fauno
que se ofrece a acompañarla hasta que encuentra el camino.
»Cuando por fin se quedó dormida, las
imaginaciones se trocaron en pesadillas; en una de estas, el fauno la
llevaba de la mano por el bosque, pero en vez de conducirla a la salida, la
internaba más y más en la espesura y la abandonaba en lo más profundo, donde ella se diluía
como una columna de humo en el aire; en otro sueño, el fauno la guiaba hasta
un arroyo de aguas turbulentas, que formaban gigantescos remolinos y cascadas.
Oxalis retrocedía asustada, pero él la convencía para que se lanzasen los dos a
la corriente, para después soltarla en el vuelo. La caída se le hacía eterna y el choque
con el agua enfurecida no llegaba nunca. El sonido de su respiración agitada y
los golpes de su corazón en el pecho la despertaron. Estaba en la misma
posición en que se había quedado dormida, con las piernas encogidas contra el
cuerpo y la cabeza escondida entre los brazos, pero ahora sentía una cálida caricia
en la piel. Supuso que ya había salido el sol y este entraba por el hueco que
dejaban las piedras que le servían de refugio; el abrazo del día la reconfortó
y se quedó muy quieta para disfrutarlo. Fuera se oía el canto rítmico del
pájaro mosquitero, la más madrugadora de las aves del bosque; después se fueron
añadiendo el silbido del mirlo, el grito desgarrado del arrendajo y, por
último, el trino del perezoso pinzón; a lo lejos se oía el tamborileo de un
pájaro carpintero buscado el desayuno entre el tronco de un árbol.
»La náyade no tenía conciencia de cuánto rato
llevaba así cuando sintió frío en la piel, algo se había interpuesto entre los
rayos del sol y su cuerpo. Levantó la cabeza sobresaltada y lo que vio le hizo
dudar si estaba despierta o continuaba soñando, porque entre ella y el sol se interponía un ser corpulento de barba y cabellos ensortijados
entre los que sobresalían dos cuernecillos romos. Sus ojos y boca sonreían
burlones. Oxalis se quedó paralizada, pero enseguida reaccionó:
―¿Quién eres? ¿Qué quieres?
El fauno se entretuvo un rato contemplándola y
después dijo:
―Puedo ayudarte.
―¡No necesito ayuda, márchate!
―Si no te ayudo, nunca podrás salir de aquí y
acabarás desapareciendo entre los aromas del bosque.
―¡No estoy perdida, márchate y déjame en paz!
El fauno se encogió de hombros y dio media
vuelta. Al fin y al cabo, ¿qué le importaba a él aquella criatura engreída?
―¡Espera!
Toda la firmeza de que había hecho gala
momentos antes había desaparecido de su rostro.
―No sé quién eres ni cómo te llamas.
―Sabes qué soy y me llamo Satirión.
―De verdad… ¿quieres ayudarme?
―Puedo ―recalcó la palabra―, puedo ayudarte.
―¡Por favor…!
―Así ya me gusta más. Vamos te mostraré la
salida del bosque.
Satirión dio media vuelta y comenzó a caminar
sin mirar si ella lo seguía o no. La ninfa trotó detrás de él procurando no
perderlo de vista. Al cabo de un rato, Oxalis tuvo la impresión de que el fauno
la conducía dando vueltas para desorientarla y temió que la pesadilla de la noche
anterior se convirtiera en realidad. No sabía cuánto tiempo llevaban caminando; las piernas se le volvían de corcho, de modo que tenía que hacer un gran
esfuerzo por mantenerse atenta y no dejarse dominar por el cansancio.
»La
ninfa ya se creía perdida y pensaba, ¡no debí dejar la seguridad de mi
manantial! Estaba a punto de echarse a llorar, cuando le pareció oír el grito de
un martín pescador. Así que orientó sus pasos en aquella dirección, sin preocuparse de su
acompañante; pero este la siguió
con paso cansino.
»Al
poco rato de caminar, un rayo de luz vino a cegarla a través de los
altísimos troncos de los pinos. ¡Estaban llegando al límite del bosque! Al
mismo tiempo, un ruido sordo, como de un trueno persistente, llegó a sus oídos;
el fragor le anunció la proximidad de una cascada. La sangre corrió de nuevo,
viva, por sus venas y los pies se deslizaron ligeros, apenas acariciando el manto de
pinaza que alfombraba el suelo.
A
Lara le hizo gracia la forma en que su abuelo movía los pies y las manos, para
ilustrar los movimientos de la protagonista de la historia, y los gestos de la
cara con los que acompañaba los cambios de ánimo de la ninfa.
»¡Hubieras
visto, Lara, la cara de sorpresa que puso Oxalis cuando se tropezó con una
enorme cortina de agua que se despeñaba desde la cima de la montaña y chocaba
contra un saliente de la roca, formando una poza entre nubes de espuma, para, a
continuación, caer de nuevo hasta perderse de vista en la profundidad del
barranco!
»La
naturaleza de la náyade la impulsaba a lanzarse en medio de la corriente y
dejarse arrastrar por la violencia del agua. Pero el fauno la sujetó por un
brazo.
―¿Pretendes
suicidarte, criatura estúpida? Eres aún demasiado torpe para combatir tú sola
contra las fuerzas de la naturaleza.
―¡Ven conmigo! ―se apresuró a pedir Oxalis.
La
sonrisa burlona de Satirión le hizo sospechar a la ninfa que pensaba
abandonarla a su suerte en medio de río, como había visto en su pesadilla. Por
eso, cogió una liana que se había desprendido de un aliso, se la ató fuertemente a la cintura y después hizo lo propio
con el fauno.
»
En medio de la cascada, rodeada de agua por todas partes, Oxalis se sintió
revivir. Los tirones de la liana que la sujetaba al fauno le daban seguridad,
aunque la violencia de la corriente la zarandaba de un sitio para otro,
amenazando con estrellarla contra las rocas. Poco a poco fue adquiriendo
estabilidad y su cuerpo se movió con más soltura; aprovechaba la fuerza del
torrente para tomar impulso y dominar sus movimientos, al mismo tiempo que
ahorraba energía y ganaba potencia para seguir adelante. Cuando, por fin, la
náyade y el fauno se precipitaron contra el remanso que se formaba en el fondo
del barranco, la ninfa se sentía feliz, porque había conseguido superar la que
ella consideraba que sería la prueba más difícil en su camino hacia la etapa
adulta. Tal vez era la más difícil, pero no la más peligrosa como podría comprobar algún tiempo después.
»Ya
en tierra firme, Oxalis se desligó de Satirión; si el fauno, por quien había empezado a sentir
cierta simpatía, quería seguir su mismo camino, podría hacerlo en completa
libertad, sin sentirse obligados el uno hacia el otro.
»Desde
el lugar donde se encontraba, la ninfa podía contemplar una amplia panorámica. Allí cerca,
le llamó la atención un ramal de aguas tranquilas que partía del cauce
principal del río e iba a desembocar en una plácida balsa festoneada por el
reflejo de los pinos y las enharinadas cumbres; en la superficie pulida del
estanque flotaban durmientes troncos de árbol en la etapa final de su vida.
Satirión la vio tan cansada que le preguntó qué sentido tenía continuar el
pesado camino para llegar a una incierta edad adulta.
―Ya
estás lo suficientemente preparada para superar los obstáculos que te
encuentres en el futuro. Abandona la idea de encontrarte con el oceánida,
quien, además, no sabes cómo va a recibirte.
»Oxalis
consideró que tenía razón, no sabía que aún le quedaba la prueba más exigente
para llegar a la madurez: superar el conformismo y la rutina. El fauno y la
ninfa disfrutaron con la placidez de la despreocupación. Pero, pasados unos meses, el estancamiento de
aquellas aguas hastió a la náyade, que deseó abandonar la laguna para seguir
avanzando en la vida. Entonces se dio cuenta de que había cometido un grave
error: el agua de la charca no tenía salida y el cieno del fondo la tenía
inmovilizada. La angustia se apoderó de la ninfa y pidió ayuda al fauno que la
acompañaba, pero este se había acomodado tanto a la molicie, que parecía más
bien uno de los troncos que flotaban inermes en la superficie. Oxalis
comprendió que acabaría igual que él si no luchaba por liberarse; gritó y
pataleó haciendo que el agua de su alrededor cobrase vida en ondas y
salpicaduras, pero enseguida volvía a adoptar el aspecto pulido de un espejo. No
había ni la más mínima corriente que pudiera utilizar la náyade para impulsarse
en su deseo de salir de la asfixiante situación. Toda la energía de Oxalis se
diluyó en llanto.
»Las
lágrimas de la ninfa caían al agua y formaban multitud de pequeños círculos que se
teñían con los colores del arco iris. Del fondo de la charca surgieron enormes
peces que engullían estos anillos como si fueran golosinas y giraban en torno a
Oxalis como el carrusel de un tío-vivo alrededor de una sirena de cartón. La
luz del sol arrancaba destellos en las escamas de los peces, de manera que
parecían una guirnalda de fuegos artificiales.
Alguien
observaba este oasis de vida en medio de la laguna muerta.
―Has
sido poco precavida.
Oxalis
vio a un anciano de largas barbas y cabellos blancos que se adornaba con una
corona de miosotis y un collar de azucenas silvestres y gencianas azules.
Lara
veía a sus padres pugnando por salir de aquella alberca mientras ella les
gritaba desde la orilla y sintió la zozobra de Oxalis.
―¡Oceánida,
sácame, te lo ruego!, ―suplicó la joven ninfa.
―
Te sacaremos de la ciénaga, pero a cambio te exigimos un sacrificio: tendrás
que abandonar a tu compañero, ya que este ha perdido la voluntad de salir.
La
náyade miró hacia Satirión y, efectivamente, lo encontró como dormido entre dos
troncos, con los pies anclados en el cieno; cuando sus ojos se cruzaron con los
del fauno, Oxalis vio que la mirada de su amigo estaba vacía y que de su boca salía un
largo bostezo y comprendió que debía dejarlo para continuar viva; sin pensarlo dos veces, se dirigió al Oceánida con un gesto de consentimiento.
La
cabeza de Lara reposaba en el sofá, relajada, con los ojos cerrados y la
respiración acompasada. El abuelo sonrió, la cogió dulcemente del brazo y le
dio un beso en la frente deseándole buenas noches. Lucas sabía que las imágenes
del relato acudirían a la mente de su nieta cuando las necesitara para manejar
bien la calma y la tempestad en su vida sentimental.