domingo, 1 de diciembre de 2013

LA LLAVE


Ante todo, he de dejar constancia de que el relato que sigue es producto de mi imaginación y que cualquier semejanza con la realidad la fabrica el lector por su cuenta.

Érase una vez , un anciano padre que tenía dos hijos a los que trataba como  un dictador a la antigua usanza y no dudaba en utilizar la violencia para imponer su capricho. Una de sus obsesiones era que en la vivienda solo podía haber una llave, porque si no, decía, sería ingobernable. Paco, el menor de los hijos, era el preferido del viejo; aunque confiaba más en el criterio de Jordi, el de más edad, para manejar el dinero de la familia. Así, el pequeño acumulaba privilegios domésticos, como el sitio preferente en la mesa a la hora de comer, o el mejor asiento en las reuniones familiares; mientras el mayor se iba apoderando de las riendas del negocio. Los dos detestaban la manera de actuar del padre, lo que no impedía que Jordi echara en cara a Paco el favoritismo de que disfrutaba.

Una de las prerrogativas que el anciano, enclaustrado por la edad, cedió al menor fue el progresivo control de la llave, a cambio, se tenía que ocupar de los menesteres del hogar. Jordi tenía que llamar a la puerta para acceder a la casa y avisar cuando quería ir a algún sitio; además, se le impuso un horario estricto de entradas y salidas, y no podía recibir visitas sin el beneplácito del pequeño.

Esta dependencia irritaba al primogénito, quien ponía mala cara cuando tenía que proveer para el mantenimiento de la familia y de la casa, pues no tenía en cuenta que se había enriquecido con los bienes familiares. Aunque casi no se atrevía a protestar en vida del dictador,  cuando lo hacía, siempre contaba con el apoyo de Paco; a pesar de esto, no perdía ocasión de llamar la atención sobre su servidumbre y hacer quedar como un abusón a su hermano pequeño.

Cuando murió el anciano padre, el mayor suplicó al pequeño que relajara los horarios de entradas y salidas, recordándole que era tan dictador como el padre por mantenerlo en aquella situación. El menor, que ya sabemos que odiaba el proceder del viejo, accedió con mucho gusto. Poco tiempo después, Jordi  solicitó a Paco  que dejara la llave en un lugar accesible para los dos y así no tendría  que pedir permiso para entrar o salir y para recibir visitas. Paco lo encontró razonable y así lo hicieron. A pesar de todo, Jordi seguía echando en cara a su hermano que vivía a su costa.

No pasó mucho tiempo sin que el primogénito, reclamara una copia de la llave, arguyendo que los dos eran dueños de la casa y debían tener los mismos derechos.  Paco encontró razonable el argumento y se apresuró a entregar una copia de la llave a su hermano.  Jordi  no dejaba de quejarse por tener que ser el único que aportaba dinero a la casa, y que luego los dos hermanos tuvieran los mismos derechos.

Un día, al volver Paco a la casa se encontró con que el mayor había mandado cambiar la cerradura y tuvo que llamar. Cuando logró entrar, pidió una copia de la nueva llave a su hermano a lo que este respondió que no era conveniente hacer copias de la llave y que era de justicia que a cada casa le correspondiera una llave. Más tarde, argumentó que la seguridad de la casa imponía un control de entradas y salidas. Al fin y al cabo, eso es lo que el viejo había hecho con él. Cuando Paco protestó, Jordi  le llamó pequeño dictador y le recordó que vivía gracias a lo que él le daba y que si no le gustaba, podía marcharse.

Paco recogió sus pertenencias y se fue calle abajo, sin saber a dónde ir, porque aquella había sido su casa de toda la vida.

Jordi  salió a la puerta y esgrimiendo la llave lo despidió gritándole:

―¡Adiós, fascista!


jueves, 29 de noviembre de 2012

El viaje de Oxalis















¿Os habéis fijado en cómo se refleja nuestra imagen en los ojos abiertos como girasoles de un niño cuando le explicamos un cuento? Nuestras palabras caen en sus oídos como gotas de lluvia en la tierra sedienta y se deslizan hasta su cerebro para asentar los cimientos sobre los que se edificará más tarde la imagen del mundo real. Por esto, al anciano Lucas le gustaba tanto narrar historias fantásticas a su nieta Lara; aunque, desde que ella cumplió los quince años, no había tenido el valor de hacerlo por temor a ser rechazado.
Cierta noche, Lara y su abuelo estaban en el sofá de la sala, delante de la televisión. Entre los dos, arrojado de cualquier manera sobre el asiento, yacía un libro no muy grueso de tapas flexibles y rojas; en el centro de la portada, en mayúsculas  blancas, se destacaban las palabras “DE AMOR”; una línea por encima de estas con un tamaño parecido, pero en negro, se podía leer “NO MORIR” y un poco más arriba con un tipo de letra más pequeño, aunque también en mayúsculas y en negro, el título se completaba, “MANUAL PARA”. En la parte superior de la cubierta figuraba el nombre del autor “Walter Riso”.
De vez en cuando, Lucas miraba furtivamente a su nieta; sus ojos, pequeños y acuosos, expresaban amor y preocupación.Cualquier observador perspicaz se daría cuenta de que los corazones del anciano y de la joven latían al unísono. Lucas sabía que Lara tenía la boca seca y un nudo en el estómago e intuía la causa: las turbulencias de los sentimientos empezaban a hacer presa en su vida y la niña tenía miedo, porque Lara vivía el ejemplo de unos padres atrapados en el fango de un matrimonio estancado.
―¿Es interesante? ―El anciano cogió el libro, que en su mano tembló como la hoja de un álamo.
―Se lee muy bien. Me enganchó desde el principio…
―Pero…
―¡Jo, abuelo, no se te escapa una!
Lucas sonrió al ver que había dado en el clavo.
―De la teoría a la práctica… ―siguió la joven.
―Ya. Creo que fue García Márquez quien dijo que recordar es fácil para quien tiene memoria, pero olvidar es difícil para quien tiene corazón.
―¡Ay, abuelo! Me gustaría no tener sentimientos; la persona que no los tiene es más difícil de herir. ―El abuelo sonrió ante la pasión que ponía Lara en cada una de sus palabras.
―Los sentimientos son la sal de la vida. Lo que tienes que hacer es aprender a convivir con ellos. Busca siempre la parte positiva y esquívalos cuando sean amargos. ―Las palabras de Lucas sonaban dulces a los oídos de su nieta, pero en ellas había poca convicción. El viejo sabía que solo la experiencia podría proporcionar a su niña la habilidad necesaria para manejar las emociones.
­―Sí, claro, eso es muy fácil de decir, pero ¿cómo se hace?
Lucas cogió la mano de su nieta y la oprimió con suavidad mientras le miraba a los ojos. El calor de aquellas manos arrugadas reconfortó a Lara.
―¿Quieres que te explique un cuento, como cuando eras pequeña y no te podías dormir?
―Sí, por favor; creo que lo necesito.
Lara reclinó la cabeza en el hombro del anciano; olía a loción y a hogar.

―Hace muchos, muchos años, cuando la presión del hombre aún no había expulsado a los habitantes del bosque hacia las cimas más escarpadas de la sierra, las montañas que coronan la cuenca del río Sant Nicolau estaban pobladas por náyades, ninfas vinculadas a una masa de agua de forma que si esta se secaba, ellas morían; faunos, espíritus buenos de los bosque, pero demasiado aficionados a las ninfas, y oceánidas, que gobernaban las aguas de la montaña.
» ¿Recuerdas que hace dos veranos fuimos de excursión a  Aigüestortes y paseamos por la orilla del Sant Nicolau hasta el lago Redó? ―Sin esperar respuesta el viejo Lucas continuó su relato.

» El espíritu de las ninfas era alegre y travieso. Oxalis, la ninfa protagonista de esta historia, amaba aquellas montañas donde podía obtener todo lo que necesitaba. Como todas las náyades, estaba ligada al manantial donde había nacido y en cuyos alrededores pasaba la mayor parte de su infancia. Su vista se recreaba con el blanco, gris y negro de las rocas; con los distintos tonos del verde que visten los árboles, y con el arco iris de las flores silvestres que alfombran los prados en las laderas y los valles. Sus oídos se regalaban con el silencio de las montañas, el susurro del viento en las copas de los árboles, el canto de los pájaros y el gorjeo del agua en los arroyos. Y su piel se perfumaba con el suave aroma de las clavellinas, la lavanda y el orégano.

Lara olfateó la piel de su brazo y comprobó que olía a té verde; cerró los ojos y sus sentidos evocaron las sensaciones que había tenido durante los días de vacaciones que pasaron en el Valle de Boí.

―Una noche, Oxalis estaba acurrucada y temblando de frío en el refugio que había encontrado en medio de unas rocas. Al principio no le hizo mucha gracia el sitio, si una de aquellas rocas se movía un poco, arrastraría a otras y ella quedaría sepultada por el alud; pero luego consideró que también sería mala suerte que aquella noche fuera a ocurrir la catástrofe; además, el lugar le agradaba porque el hueco estaba orientado de forma que recibiría los primeros rayos del sol de la mañana.
»En cuanto Oxalis cerró los ojos, un torbellino de imágenes inundó su mente. Al principio fueron las más recientes: el bosque, las hormigas, el torrente, el entorno de la fuente donde nació… La cadena de acontecimientos que la habían conducido hasta allí se fue sucediendo ante los ojos de su imaginación.
» Esa misma mañana, la ninfa se había sentado en una gran roca blanca, a la orilla de un arroyo, con las piernas flexionadas y la cara apoyada en las manos mirando melancólicamente los remolinos y los saltos del agua; sin embargo, momentos antes, había pateado furiosa una piña que encontró por el suelo. Desde hacía un tiempo, la joven ninfa experimentaba en su ánimo violentos cambios: tan pronto se remansaba en una poza profunda, como se revolvía frenética entre las rocas al caer por un desnivel. La revolución de sus sentimientos la tenía confusa. Amaba la tranquilidad del paraje donde vivía, pero esa paz no se reflejaba en su interior. Se sentía como una gota de miel que resbala por el borde del vaso, a punto de desprenderse y caer el vacío. 
»Oxalis había acariciado la roca sobre la que estaba sentada, porque sabía que la roca, de apariencia inmutable,iría deshaciéndose poco a poco hasta desaparecer confundida con el entorno. Miró a su alrededor y sintió que se le erizaba el vello al ver que los grandes ojos del álamo, en otros momentos alegres e interrogantes, la miraban distantes e inexpresivos, como enormes cicatrices; la poza del arroyo, donde le gustaba contemplar su imagen diáfana, se había convertido en un agujero oscuro y amenazante, y los sonidos que antes la sosegaban llevaron la inquietud a su ánimo. Pensó que había llegado el momento de partir en busca del oceánida que gobernaba aquellas aguas y pedirle que la introdujera en la comunidad de las ninfas adultas. Para encontrarlo solo tenía que dejarse llevar por el fluir del agua.
»Horas después, la vida de Oxalis había dado un vuelco importante. Mientras se deslizaba por la pulida roca del lecho de un barranco, confundida con el agua del torrente, se sentía feliz por haber dado el paso que le haría dejar atrás la infancia. La corriente la condujo por unos terraplenes rasgados por profundas grietas negras. Recordó que el arroyo con el que fluía había aparecido después de que unas inmensas nubes oscuras hubieran empezado a arrojar su carga sobre las cumbres de las montañas, en una tormenta de verano, y cayó en la cuenta de que el torrente desaparecería cuando las nubes dejaran de descargar en las cumbres y de que ella se quedaría sin aliento y con una enorme cicatriz, como las que veía a los lados del terraplén, como recuerdo.
»La náyade, joven y ágil, luchó con todas sus fuerzas contra el ímpetu de la corriente, pero se sentía como una hoja de chopo en medio de un remolino de viento. Hubo un momento en que creyó que sería mejor dejarse arrastrar, pero resistió, tarde o temprano el agua perdería empuje y podría escapar. Efectivamente, al poco, llegaron a un rellano donde la roca emergía y el torrente se arremolinaba para rodearla. Oxalis aprovechó para saltar a la orilla, donde se tumbó e intentó controlar la agitación de su pecho, que subía y bajaba como el fuelle de un herrero. Una vez reducida la fatiga, se dirigió a la otra vertiente de la colina en busca de un cauce de aguas más claras y permanentes. Su corazón se llenó de nuevas esperanzas, porque había sido capaz de superar la primera trampa que se escondía en su marcha, sin erosiones de consideración y con una experiencia que le sería muy útil en el futuro.
»El rumor del torrente se iba quedando atrás de manera que ya se confundía con los otros sonidos de la montaña.  Oxalis dejó de oírlo cuando se internó en un bosque de pinos,cuyas copas se elevaban en el cielo como globos aerostáticos. Sorteaba con mucho cuidado los grandes conos cubiertos de pinaza que salpicaban el suelo, no le hubiera gustado verse asaltada por aquellas voraces hormigas rojas.


―Lara sintió un escalofrío al evocar la tarde en que se había sentado en uno de estos promontorios y fue invadida por los insectos.

»Cada vez que una curva ocultaba el terreno que tenía delante, Oxalis avivaba el paso creyendo que al otro lado se abriría un paisaje con nuevas perspectivas. Pero a sus ojos siempre se presentaba el mismo panorama, de modo que el ánimo de la ninfa iba decayendo conforme se le helaban los dedos de los pies y de las manos; aunque estaba habituada al bosque, necesitaba la proximidad de una corriente de agua para que la sangre fluyera por sus venas y llevara calor a sus extremidades.
»La oscuridad iba cayendo y ya notaba el frío en las piernas, en los brazos y en el pecho. Decidió buscar un abrigo entre las rocas para pasar la noche. Así había llegado al refugio donde se encontraba cuando revivió los acontecimientos del día.
Más adelante, conforme el sueño relajaba su mente, imágenes inquietantes de leyendas oídas en su infancia ocuparon el lugar de los recuerdos. Una de estas imágenes fue la del fauno: un mito entre las ninfas. Las mayores le habían contado que cuando una náyade  se siente perdida es abordada por un fauno que se ofrece a acompañarla hasta que encuentra el camino.
»Cuando por fin se quedó dormida, las imaginaciones se trocaron en pesadillas; en una de estas, el fauno la llevaba de la mano por el bosque, pero en vez de conducirla a la salida, la internaba más y más en la espesura y la abandonaba en lo más profundo, donde ella se diluía como una columna de humo en el aire; en otro sueño, el fauno la guiaba hasta un arroyo de aguas turbulentas, que formaban gigantescos remolinos y cascadas. Oxalis retrocedía asustada, pero él la convencía para que se lanzasen los dos a la corriente, para después soltarla en el vuelo. La caída se le hacía eterna y el choque con el agua enfurecida no llegaba nunca. El sonido de su respiración agitada y los golpes de su corazón en el pecho la despertaron. Estaba en la misma posición en que se había quedado dormida, con las piernas encogidas contra el cuerpo y la cabeza escondida entre los brazos, pero ahora sentía una cálida caricia en la piel. Supuso que ya había salido el sol y este entraba por el hueco que dejaban las piedras que le servían de refugio; el abrazo del día la reconfortó y se quedó muy quieta para disfrutarlo. Fuera se oía el canto rítmico del pájaro mosquitero, la más madrugadora de las aves del bosque; después se fueron añadiendo el silbido del mirlo, el grito desgarrado del arrendajo y, por último, el trino del perezoso pinzón; a lo lejos se oía el tamborileo de un pájaro carpintero buscado el desayuno entre el tronco de un árbol.
»La náyade no tenía conciencia de cuánto rato llevaba así cuando sintió frío en la piel, algo se había interpuesto entre los rayos del sol y su cuerpo. Levantó la cabeza sobresaltada y lo que vio le hizo dudar si estaba despierta o continuaba soñando, porque entre ella y el sol se interponía un ser corpulento de barba y cabellos ensortijados entre los que sobresalían dos cuernecillos romos. Sus ojos y boca sonreían burlones. Oxalis se quedó paralizada, pero enseguida reaccionó:
―¿Quién eres? ¿Qué quieres?
El fauno se entretuvo un rato contemplándola y después dijo:
―Puedo ayudarte.
―¡No necesito ayuda, márchate!
―Si no te ayudo, nunca podrás salir de aquí y acabarás desapareciendo entre los aromas del bosque.
―¡No estoy perdida, márchate y déjame en paz!
El fauno se encogió de hombros y dio media vuelta. Al fin y al cabo, ¿qué le importaba a él aquella criatura engreída?
―¡Espera!
Toda la firmeza de que había hecho gala momentos antes había desaparecido de su rostro.
―No sé quién eres ni cómo te llamas.
―Sabes qué soy y me llamo Satirión.
―De verdad… ¿quieres ayudarme?
―Puedo ―recalcó la palabra―, puedo ayudarte.
―¡Por favor…!
―Así ya me gusta más. Vamos te mostraré la salida del bosque.
Satirión dio media vuelta y comenzó a caminar sin mirar si ella lo seguía o no. La ninfa trotó detrás de él procurando no perderlo de vista. Al cabo de un rato, Oxalis tuvo la impresión de que el fauno la conducía dando vueltas para desorientarla y temió que la pesadilla de la noche anterior se convirtiera en realidad. No sabía cuánto tiempo llevaban caminando; las piernas se le volvían de corcho, de modo que tenía que hacer un gran esfuerzo por mantenerse atenta y no dejarse dominar por el cansancio.
»La ninfa ya se creía perdida y pensaba, ¡no debí dejar la seguridad de mi manantial! Estaba a punto de echarse a llorar, cuando le pareció oír el grito de un martín pescador. Así que orientó sus pasos en aquella dirección, sin preocuparse de su acompañante; pero este la siguió con paso cansino.
»Al poco rato de caminar, un rayo de luz vino a cegarla a través de los altísimos troncos de los pinos. ¡Estaban llegando al límite del bosque! Al mismo tiempo, un ruido sordo, como de un trueno persistente, llegó a sus oídos; el fragor le anunció la proximidad de una cascada. La sangre corrió de nuevo, viva, por sus venas y los pies se deslizaron ligeros, apenas acariciando el manto de pinaza que alfombraba el suelo.

A Lara le hizo gracia la forma en que su abuelo movía los pies y las manos, para ilustrar los movimientos de la protagonista de la historia, y los gestos de la cara con los que acompañaba los cambios de ánimo de la ninfa.

»¡Hubieras visto, Lara, la cara de sorpresa que puso Oxalis cuando se tropezó con una enorme cortina de agua que se despeñaba desde la cima de la montaña y chocaba contra un saliente de la roca, formando una poza entre nubes de espuma, para, a continuación, caer de nuevo hasta perderse de vista en la profundidad del barranco!
»La naturaleza de la náyade la impulsaba a lanzarse en medio de la corriente y dejarse arrastrar por la violencia del agua. Pero el fauno la sujetó por un brazo.
―¿Pretendes suicidarte, criatura estúpida? Eres aún demasiado torpe para combatir tú sola contra las fuerzas de la naturaleza.
 ―¡Ven conmigo! ―se apresuró a pedir Oxalis.
La sonrisa burlona de Satirión le hizo sospechar a la ninfa que pensaba abandonarla a su suerte en medio de río, como había visto en su pesadilla. Por eso, cogió una liana que se había desprendido de un aliso, se la ató fuertemente a la cintura y después hizo lo propio con el fauno.
» En medio de la cascada, rodeada de agua por todas partes, Oxalis se sintió revivir. Los tirones de la liana que la sujetaba al fauno le daban seguridad, aunque la violencia de la corriente la zarandaba de un sitio para otro, amenazando con estrellarla contra las rocas. Poco a poco fue adquiriendo estabilidad y su cuerpo se movió con más soltura; aprovechaba la fuerza del torrente para tomar impulso y dominar sus movimientos, al mismo tiempo que ahorraba energía y ganaba potencia para seguir adelante. Cuando, por fin, la náyade y el fauno se precipitaron contra el remanso que se formaba en el fondo del barranco, la ninfa se sentía feliz, porque había conseguido superar la que ella consideraba que sería la prueba más difícil en su camino hacia la etapa adulta. Tal vez era la más difícil, pero no la más peligrosa como podría comprobar algún tiempo después.
»Ya en tierra firme, Oxalis se desligó de Satirión; si el fauno, por quien había empezado a sentir cierta simpatía, quería seguir su mismo camino, podría hacerlo en completa libertad, sin sentirse obligados el uno hacia el otro. 
»Desde el lugar donde se encontraba, la ninfa podía contemplar una amplia panorámica. Allí cerca, le llamó la atención un ramal de aguas tranquilas que partía del cauce principal del río e iba a desembocar en una plácida balsa festoneada por el reflejo de los pinos y las enharinadas cumbres; en la superficie pulida del estanque flotaban durmientes troncos de árbol en la etapa final de su vida. Satirión la vio tan cansada que le preguntó qué sentido tenía continuar el pesado camino para llegar a una incierta edad adulta.
―Ya estás lo suficientemente preparada para superar los obstáculos que te encuentres en el futuro. Abandona la idea de encontrarte con el oceánida, quien, además, no sabes cómo va a recibirte.
»Oxalis consideró que tenía razón, no sabía que aún le quedaba la prueba más exigente para llegar a la madurez: superar el conformismo y la rutina. El fauno y la ninfa disfrutaron con la placidez de la despreocupación. Pero, pasados unos meses, el estancamiento de aquellas aguas hastió a la náyade, que deseó abandonar la laguna para seguir avanzando en la vida. Entonces se dio cuenta de que había cometido un grave error: el agua de la charca no tenía salida y el cieno del fondo la tenía inmovilizada. La angustia se apoderó de la ninfa y pidió ayuda al fauno que la acompañaba, pero este se había acomodado tanto a la molicie, que parecía más bien uno de los troncos que flotaban inermes en la superficie. Oxalis comprendió que acabaría igual que él si no luchaba por liberarse; gritó y pataleó haciendo que el agua de su alrededor cobrase vida en ondas y salpicaduras, pero enseguida volvía a adoptar el aspecto pulido de un espejo. No había ni la más mínima corriente que pudiera utilizar la náyade para impulsarse en su deseo de salir de la asfixiante situación. Toda la energía de Oxalis se diluyó en llanto.
»Las lágrimas de la ninfa caían al agua y formaban multitud de pequeños círculos que se teñían con los colores del arco iris. Del fondo de la charca surgieron enormes peces que engullían estos anillos como si fueran golosinas y giraban en torno a Oxalis como el carrusel de un tío-vivo alrededor de una sirena de cartón. La luz del sol arrancaba destellos en las escamas de los peces, de manera que parecían una guirnalda de fuegos artificiales.
Alguien observaba este oasis de vida en medio de la laguna muerta.
―Has sido poco precavida.
Oxalis vio a un anciano de largas barbas y cabellos blancos que se adornaba con una corona de miosotis y un collar de azucenas silvestres y gencianas azules.
Lara veía a sus padres pugnando por salir de aquella alberca mientras ella les gritaba desde la orilla y sintió la zozobra de Oxalis.

―¡Oceánida, sácame, te lo ruego!, ―suplicó la joven ninfa.
― Te sacaremos de la ciénaga, pero a cambio te exigimos un sacrificio: tendrás que abandonar a tu compañero, ya que este ha perdido la voluntad de salir.
La náyade miró hacia Satirión y, efectivamente, lo encontró como dormido entre dos troncos, con los pies anclados en el cieno; cuando sus ojos se cruzaron con los del fauno, Oxalis vio que la mirada de su amigo estaba vacía y que de su boca salía un largo bostezo y comprendió que debía dejarlo para continuar viva; sin pensarlo dos veces, se dirigió al Oceánida con un gesto de consentimiento.
La cabeza de Lara reposaba en el sofá, relajada, con los ojos cerrados y la respiración acompasada. El abuelo sonrió, la cogió dulcemente del brazo y le dio un beso en la frente deseándole buenas noches. Lucas sabía que las imágenes del relato acudirían a la mente de su nieta cuando las necesitara para manejar bien la calma y la tempestad en su vida sentimental.








miércoles, 28 de noviembre de 2012

La puerta del Paraíso


LA PUERTA DEL PARAÍSO

Habíamos sido invitados por el gobierno sirio para realizar prácticas en los yacimientos prehistóricos de la costa mediterránea, donde se funden los restos de viejas culturas del Paleolítico Superior con los de incipientes civilizaciones agrícolas. En un descanso de las excavaciones, sentado en una roca granítica, observaba los colores ocre, naranja y amarillo de las hojas de los álamos, chopos y sauces en la ribera del río; el verde solemne de las encinas en las alturas medias, y las copas oscuras, majestuosas, de los pinos en la cima de las colinas. Se  oía el rumor que rodaba por el fondo del valle hasta perderse entre farallones de basalto. Intenté imaginar cómo habría sido el paisaje diez o doce mil años atrás.

Ella surgió  a pocos metros delante de mí. Era joven, de piel morena; iba vestida con lienzos de cuero atados debajo del vientre, abultado por una evidente preñez; tenía los senos grandes y algo caídos para la edad que aparentaba su rostro. Estaba en cuclillas sobre un promontorio, desde el que se dominaba gran parte de la solana. El ceño ligeramente fruncido y la mirada fija en un punto de la ladera dibujaban en su rostro una expresión inteligente.


El bosque se adornaba con el naranja de los madroños, el rojo de los escaramujos y el azul grisáceo de los arándanos. Mareva se incorporó, se recogió el pelo negro en la nuca sujetándolo con unos tallos de espliego  y se dirigió hacia unas cuevas que había en la falda de la colina orientadas hacia el sol de la mañana. A pesar de su estado, caminaba ligera sorteando las matas de jara y romero.  Iba en busca de la Gran Sacerdotisa Nagaa, quien sabía interpretar las señales del cuerpo para predecir el sexo del ser que llevaba en sus entrañas y la fecha aproximada del parto. Las mujeres del clan le habían adelantado que sería varón por la tersura de la piel, la belleza serena de la cara y la forma puntiaguda del vientre; pero ella deseaba la confirmación de la sabia anciana. Por el camino, Mareva se cruzó con Josán, uno de los jóvenes que habían yacido con ella durante los ritos de fecundación. Lo recordaba porque era el único con el que se le había arrebolado la piel del cuello y de las mejillas, y había sentido que su cuerpo se fundía como la cera junto al fuego.  El joven le sonrió y ella, azorada, le devolvió la sonrisa.

Nagaa salió a recibirla a la boca del refugio; las dos mujeres se abrazaron. La mayor lucía en su rostro una sonrisa amplia, luminosa; la joven también sonreía, pero desvió la mirada con una sombra de desconfianza. La Gran Sacerdotisa le hizo acostarse boca arriba con las piernas flexionadas sobre una piel de ciervo extendida a la puerta de la cueva. Le palpó el vientre e introdujo la mano derecha en sus entrañas. Después le pidió que se sentara y le pasó la huesuda mano izquierda por debajo del pecho para recoger el sudor y lo olió dilatando las aletas de la nariz al máximo. Luego le hizo orinar en un cuenco de corteza de alcornoque que dispuso en el suelo; Mareva, cohibida por la presencia de la anciana, sólo pudo expeler unas gotas. Nagaa lamió el líquido dorado y lo extendió con la lengua por el interior de la boca; a continuación, dejó salir lentamente el aire por la nariz para apreciar todos los matices del aliento de la orina.

Todo había empezado tiempo atrás en la estación de las lluvias. Durante esa época, las jóvenes que habían sido consagradas a la Madre Tierra recibían a todos los hombres del clan que lo desearan. Cuando Nagaa le anunció que había sido bendecida por la Gran Madre, Mareva dejó de participar en los ritos más pesados de la liturgia en honor de la Diosa. La joven los conocía perfectamente, pues, de niña, cuando las aspirantes a sacerdotisa que no habían sido bendecidas por la fertilidad realizaban estos trabajos, ella se sentaba a observarlas. Como tenía una inteligencia despierta y buena memoria, pronto dominó todos los secretos del culto: manejaba con destreza el bastón de punta endurecida con el que  se rompía la corteza reseca de la tierra poco antes de la llegada de las lluvias; sabía cuándo arrancar las malas hierbas para proteger las plantas consagradas a la Diosa; conocía por el aspecto de las hojas y los brotes más tiernos el estado de los vegetales, y dominaba la técnica del sacrificio para ofrecer a la Madre los mejores frutos recolectados. También podía predecir los cambios de estación dentro del ciclo solar.

Cuando todos los indicios hacían suponer que el nacimiento de un niño coincidiría con la noche más larga del ciclo, se preparaban grandes festejos: horas antes del acontecimiento se encendían hogueras para llenar de luz el valle y se arreglaba especialmente el Campo Sagrado. Aquel niño se consideraba Elegido por la Diosa. Al alba, todos iban a venerarle y daban regalos a la madre; después, lo llevaban en procesión por todo el recinto entre muestras de reconocimiento y gratitud; por último, lo conducían al Campo Sagrado, le seccionaban la yugular y regaban la tierra con su sangre, entre grandes muestras de júbilo.

Cuando la vieja sacerdotisa acabó el reconocimiento, le comunicó que tenía un varón en su vientre y que, por lo avanzado de la gestación, era posible que el parto coincidiera con el solsticio de invierno. En ese instante, Mareva tomó la decisión de proteger a su hijo al precio que fuera. A partir de entonces, pasaba las noches sin dormir, dando vueltas en el lecho y lamentando haber sido consagrada a la Diosa como futura sacerdotisa.

Los conocimientos que tenía de cómo influían los ritos sagrados en el ciclo vegetal hicieron concebir a Mareva la forma de salvar a su hijo de la muerte. Durante varias noches estuvo madurando la idea y, en cuanto la tuvo perfilada, corrió a comunicársela a Nagaa. Esta palideció al oírla, su rostro se contrajo en un gesto de ira, cerró los puños y los colocó a la altura del rostro de la joven, quien miraba obsesionada la verruga que la anciana tenía en la barbilla y que enrojecía como un ascua avivada por el viento conforme se intensificaba su furor.

—¿Comer del Fruto Sagrado? ¡Desgraciada! ―La mandíbula inferior de Nagaa temblaba a cada envite de su voz―. ¡Has escuchado a la serpiente, que se ha deslizado junto a tu lecho entre las sombras de la noche y ha inclinado tu voluntad al pecado! La soberbia de querer torcer la voluntad de la Madre Tierra te condenará a ti y a tu descendencia. ―Acompañó esta amenaza con el dedo índice apuntando al vientre hinchado de Mareva―.  ¡Olvida lo que me has dicho y vigila por las noches para que el reptil no vuelva a tentarte!

Pero el propósito de Mareva se alimentaba de dos poderosas fuentes: el instinto materno y la ambición. En cuanto dejó a Nagaa, empezó a preparar un plan para huir. Pensó que necesitaba la ayuda de un hombre para llevarlo a cabo; entonces se acordó de Josán y, sin perder tiempo, fue en su busca.

Mareva le contó al joven su proyecto resaltando la posibilidad de llegar a ser tan poderosos como la Diosa. Al oír la propuesta, Josán se espantó y creyó que se había vuelto loca.

—¡Eso es imposible! En cuanto se den cuenta, nos perseguirán y nos matarán a los tres.

—Si vamos por el río, no nos podrán alcanzar. ­―La firmeza de la voz de Mareva expresaba su empeño en llevar a cabo la empresa.

—No llegaríamos muy lejos… ―Josán dirigió la mirada hacia el rumor que venía del fondo del valle.

—Tú sabes manejar una balsa. Te he visto cuando bajas a pescar.

—Sí, pero nunca me he acercado tanto a los rápidos.

—Estoy segura de que puedes vencerlos.

—Aunque así fuera, el retorno sería imposible.

—¡Qué importa el retorno! ­―La indecisión de su amigo empezaba a impacientarla. —Si conseguimos superar los días de invierno...

—Sí, pero… ¿cómo lo conseguiremos?

—Tú puedes cazar y  aún se pueden encontrar madroños, escaramujos, raíces…; además, en dos ciclos lunares empezarán a brotar yemas comestibles. ―Mareva acompañaba las palabras con gestos de las manos, en su afán de hacerlas más palpables a su compañero.

—¿Y qué haremos después? ―La voluntad del joven empezaba a dar muestras de flaqueza.

—He guardado algunos frutos del Campo Sagrado para los ritos agrícolas y conozco perfectamente qué se ha de hacer y cuándo. ¡Piénsalo! ―Golpeó el suelo con el pie.

—Pero... nosotros solos... ―titubeó el hombre.

—Cuando la necesidad les obligue, algunos nos seguirán; hasta es posible que vengan personas de otros lugares. ¡Habrá comida para todos!, ¡formaremos un clan poderoso! ―La mujer se iba entusiasmando conforme exponía sus argumentos.

Al final, Josán cedió  movido, también, por la ambición.

Cuando llegó el día señalado por los astros, el lugar hervía con los preparativos: aquí, un hombre de aspecto venerable y voz profunda dirigía a un grupo de jóvenes que colocaban una piedra plana para encender  un fuego; allí, una mujer de mediana edad, chaparra y de músculos poderosos, acarreaba haces de leña y los apilaba en torno al futuro altar; alrededor del ara, un grupo de jóvenes sacerdotisas se inclinaban sobre el suelo del Campo Sagrado. Mareva se afanó en los preparativos del parto y Josán se procuró una balsa y una pértiga y los escondió en la orilla del río, debajo de unos arbustos, junto con las provisiones que había conseguido la que iba a ser su compañera de huida.

Llegó la noche esperada. Mareva se retiró a un rincón oscuro del refugio para parir en la intimidad. Desde el fondo de la cueva podía oír los golpes rítmicos y los cantos de los festejos; en la pared opuesta a la entrada se reflejaba la luz de las hogueras. Cuando sintió que se acercaba el instante del alumbramiento, se acuclilló sobre la piel de ciervo que había preparado para recibir al niño y esperó pacientemente.

Al alba, un grupo de personas precedido por la Gran Sacerdotisa se dirigió a la cueva para venerar al Niño-Dios emitiendo sonidos armoniosos con la boca, al tiempo que se golpeaban rítmicamente en los muslos con las manos. Cuando descubrieron que el Niño Elegido había desaparecido junto con su madre, la alegría se trocó en llanto y los cánticos en lamentos desgarradores. Corrieron en todas direcciones en busca de la Familia Sagrada, pero sólo llegaron a tiempo de ver una frágil balsa de troncos de madera que se deslizaba insegura sobre el agua, cerca ya de los rápidos. En ella, rodeados de bultos, un hombre se esforzaba en mantener la estabilidad de los troncos con una pértiga y, a su lado, una joven madre apretaba contra el pecho a su hijo recién nacido. En un instante, la frágil embarcación fue engullida por la oscuridad del desfiladero.


El  director de las excavaciones nos había explicado el día anterior que los seres humanos habían abandonado el asentamiento hacía unos diez mil años y que se habían descubierto restos de una pujante civilización agrícola al otro lado de los farallones. Me quedé contemplando lo que tal vez fue la puerta del Paraíso.


Ego te absolvo


Mullido y húmedo. El roce de los labios de la niña en la fina piel del dorso de la mano fue para el sacerdote como una brisa fresca en el sofocante calor de julio. El religioso se detuvo un instante en medio de la plaza porticada. La cara en penumbra bajo el ala del sombrero. A continuación reanudó el camino hacia la casa parroquial; a cada paso, la puntera y el empeine de los zapatos, cubiertos por una fina capa de polvo, asomaban por debajo de la sotana y se posaban en el suelo delante de la sombra. El susurro del vuelo del hábito  se mezclaba con el chirriar pertinaz de las chicharras. 

El silencio de la casa y el frescor de los muros de piedra del zaguán sosegaron sus sentidos; pero un pellizco  en el estómago le recordó que no había ingerido nada desde el café de la mañana. Don Justo colgó el sombrero en la percha de la entrada. La boca cerrada, el ceño fruncido y los ojos fijos en el cristal esmerilado de la puerta que daba acceso al salón mostraban la inquietud que sentía.

 Ya en el comedor, un concierto de aromas le activó las glándulas salivares. Levantó la barbilla, desarrugó el entrecejo y tensó los labios en un amago de sonrisa. La luz que se filtraba a través de los postigos entornados de las ventanas arrancaba reflejos irisados de un  jarrón con claveles y orquídeas que adornaba el centro de la mesa ovalada; en un extremo, dispuestos como las imágenes en las arquivoltas de la puerta de la iglesia, estaban las fuentes y los platos de porcelana checa, adornados con guirnaldas de flores dibujadas a mano, y la cristalería grabada con motivos modernistas; enfrente del comensal, una botella de vino tinto del Priorato proyectaba una sombra carmesí, como una mancha de sangre, sobre la clave del arco; había, además, vino cocido para el aperitivo, un porrón con moscatel para los postres y una jarra con agua para aclararse la boca entre plato y plato.

―Hoy volveré sobre las dos, ten la comida preparada para esa hora ―había ordenado a la criada antes de salir.

Hacía tres días del parto y la chica ya estaba recuperada físicamente, era joven y fuerte. A pesar de esto, la noche anterior la oyó llorar hasta que se quedó dormida. Debe de ser lo que llaman depresión post-parto, una tontería de mujeres, que son débiles psicológicamente; si les hiciéramos caso, se volverían inútiles, pensó.

El cura se sentó a la mesa con solemnidad, se acomodó la sotana y se sirvió una copa de aperitivo para preparar la garganta; dio un sorbo, retuvo el líquido un instante y dejó escapar el aroma por la nariz antes de tragarlo. El calor del néctar tonificó su estómago como el sol de las mañanas de primavera reconforta la piel de las mejillas. Observó los entrantes: riñones, sesos rebozados y croquetas de carne picada. Se decidió por los riñones, que cedían a la presión de los dientes como una golosina; después, comió los sesos aplastándolos con la lengua contra el paladar para disfrutar de la delicadeza del tacto; por último, se dedicó a las croquetas, que se deshacían en la boca y la llenaban de grumos de carne tierna; alternaba los bocados con sorbos de vino. Todo junto era una delicia, aunque se guardaría de dárselo a entender a la cocinera, pues opinaba que a los jóvenes se les debe formar en la mesura, sin halagos que estimulen su soberbia.

Él había sabido educar a su sobrina. Cuando la tomó a su servicio era poco menos que una salvaje que había vivido hasta los trece años en medio de la nada. Su padre cuidaba el ganado y hacía algunas faenas de campo en una casa de labor y su madre ayudaba en la cocina y en las tareas domésticas; pero  en la finca no había trabajo para una persona más. El sacerdote la recogió como un acto de caridad y esperaba que Dios se lo tuviera en cuenta. Le enseñó los principios de la fe católica y forjó su espíritu en la sobriedad y el esfuerzo; nunca le permitía ni un segundo de ocio y a cada cosa que hacía, él sabía encontrarle un defecto: la ropa podía plancharse mejor; la comida debía estar más caliente o más fría; la compra se podía encontrar más barata y de mejor calidad. Además, un bofetón de vez en cuando fortalecía su carácter y mantenía a raya la autoestima, que a estas edades tiende a crecer de forma desmedida.

Se enjuagó la boca y escupió el agua en el suelo.  A continuación acercó la sopera que contenía caldo de menudillos y fideos finos; le satisfizo que  el líquido estuviera en su punto de sal y temperatura. Escanció vino y bebió un trago largo; la potencia del Priorato actuó como una inyección de fuego en la sangre del clérigo. Sorbía la sopa despacio y masticaba con deleite los tropezones moviendo las mandíbulas de un lado a otro con la boca cerrada; de vez en cuando, se detenía para dejar que el sabor se extendiera por todo su cuerpo. Recordó los momentos en que controlaba el deseo para alargar la caricia; el instinto le impelía a consumir aquel placer a grandes tragos, pero sabía dominar sus impulsos para prolongar el goce. Cogió el pan recién horneado y cortó un pellizco para echarlo en la sopa; las yemas de los dedos recordaron la sensualidad de las nalgas de la joven. Estiró las piernas y las abrió ligeramente, mientras se acomodaba el pantalón debajo de la ropa talar.

Acabó la sopa y destapó el segundo plato: carne rebozada en pan rallado y frita, que se podía cortar con una ligera presión del tenedor, con judías verdes a la plancha como guarnición. Comió un trozo de carne y volvió a beber.  La ternura de las costillas le evocó la imagen de la criada, más tarde iría a ver cómo le daba de mamar al niño; estaba seguro de que, a pesar de todo, sería una buena madre. Este pensamiento le conmovió, pero reaccionó con furia; al fin y al cabo, ella era la culpable de los problemas que había supuesto el embarazo.

La imaginó en la cocina, sentada al lado de la mesa camilla, enfrente del fregadero, contemplando como una boba las moscas que pululaban alrededor de la barra de hierro donde en enero se cuelgan las ristras de chorizos y morcillas hasta el día de la fritura; o, igual que entonces, de pie junto a los fogones, esperando a que él terminara para retirar los platos y cubiertos de la mesa y servir el café. Aquel día estaba alterado, no recordaba por qué, solo que había bebido vino con ansia y que se enfureció porque el bol de la fruta no estaba sobre la mesa. Se levantó, fue a la cocina y golpeó con fuerza a la chica en la espalda. Ella, que no lo había visto venir, trastabilló y cayó de bruces con la falda por encima de las rodillas; los ojos del cura captaron por un instante la delicadeza de sus muslos. Inmediatamente, sintió el escozor del arrepentimiento y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

―¡Perdóname, por favor! ¡No sé lo que hago! ―le suplicó mientras le secaba las lágrimas con la mano.

La niña se mordía el labio inferior y lo miraba con los ojos muy abiertos y llenos de agua; las mejillas le temblaban a sacudidas, como la lona del entoldado en un día de viento. El sacerdote sintió que la  ternura le subía desde el estómago, como las olas del mar inundan la playa en la marea alta, le cogió la cara y la besó en los ojos para enjugar las lágrimas que resbalaban por su piel; deslizó las manos hacia la nuca de la niña y la atrajo con fuerza para besarla en la boca; pero ella se separó violentamente y escapó; este gesto aumentó la excitación del hombre.

Ahora recordaba lo que ocurrió entonces como en una sucesión de pasos de Semana Santa: el vuelo de la falda mostrando las corvas, el deseo pugnando debajo de los pantalones, los furiosos golpes en la puerta de la habitación del servicio, las amenazas y las falsas muestras de arrepentimiento, “no podremos vivir juntos si me tienes miedo, volverás al campo”. Los sollozos, la rabia, los golpes; el olor a sudor y a cocina; el pequeño cuerpo aplastado debajo del suyo. La desazón; la ropa de cama tirada en el suelo; la pequeña acurrucada tapándose con una esquina de la sábana, callada, pálida, llena de moratones. Sus propias pisadas en la huida hacia la iglesia martilleándole en el cerebro; el perdón de Dios; la paz.

Volvió a experimentar el desasosiego que sintió en aquel momento y maldijo a su sobrina por encarnar la tentación del diablo. Recobró la calma; aquel incidente desagradable era ya agua pasada. Comenzó el postre: un flan de manzana preparado con gelatina; el aroma de la fruta y el sabor dulce del vino moscatel le trajeron recuerdos más placenteros. Después de aquel encuentro, hubo otros, en los que, si bien la joven no se mostraba complacida, tampoco se resistía.

Cuando ella le sugirió que usara preservativos para evitar la preñez, se negó, porque la doctrina de la Santa Madre Iglesia era contraria a poner barreras a la naturaleza.

―No temas ―argumentó el cura―. Los Padres de la Iglesia afirman que si la mujer no siente placer, no se puede quedar embarazada; y tú no debes sentirlo, porque solo eres un instrumento para aplacar el fuego que el diablo pone en mi cuerpo. Si disfrutaras con el sexo, serías como una vulgar ramera.

Y cuando el embarazo se hizo evidente, le llamó puta y le ordenó permanecer dentro de casa y encerrarse en su habitación si había de venir alguien; él diría que se había ido al pueblo a visitar a su familia. Aparte de esos momentos, todo debería seguir como hasta entonces.

Pero ya no era igual; a los ojos de su tío, la niña había perdido la frescura y la inocencia; sobre todo, debido a la horrorosa propuesta que le había hecho en el segundo mes de gestación. Sus palabras se le habían quedado grabadas en la memoria.

―El parto me da mucho miedo ―dijo.

―No hay ninguna razón; al fin y al cabo, la Virgen María tuvo a Jesús a los quince años y tú solo tienes uno menos.

―Pero yo estoy asustada. ¿Por qué no llamamos a una partera que vive en la casa que hay pasadas las viñas del alcalde?

―Cuando llegue el momento, ya decidiremos; pero es mejor que ese día no intervenga nadie, fuera de nosotros dos. No quiero cotilleos a mi costa.

― No…, si no es por eso.

―¿Entonces…?

―Es que… esa vieja también sabe deshacer embarazos.

Aquellas palabras le horrorizaron, ¿cómo era posible que dentro de aquel cuerpo insignificante se escondiera tal monstruo? La golpeó con ira. En cada golpe esperaba ver salir al diablo por la boca blasfema.

―¿Acaso te crees Dios, puta endemoniada, para decidir sobre la vida de un niño inocente? ¡Óyeme bien, engendro del diablo, solo Nuestro Señor puede decidir quién nace y quién no!

La evocación de aquel altercado descompuso los nervios del sacerdote. La criada estúpida no venía a retirar los servicios usados y a traer el café. Se levantó con violencia, dispuesto a recordarle a aquella inútil cuáles eran sus obligaciones.

Al entrar en la cocina, le sorprendió el brochazo carmesí que cruzaba la pared como un beso desgarrado; después, sus ojos tropezaron con las viejas zapatillas de flores rosas y azules que flotaban ingrávidas en el aire.

―¡En el nombre de Dios Todopoderoso!

Horrorizado, apartó la vista y su mirada se encontró con la olla donde aún humeaban los restos de la sopa de menudillos; más allá, desde un montón de basura, dispuestos uno encima del otro, como en un extraño cuadro cubista, unos ojos de recién nacido lo miraban indiferentes.

Cayó de rodillas y, con el semblante descompuesto, trazó una cruz en el aire con la mano derecha y sus labios se movieron de forma imperceptible:

Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filiis et Spiritus Sancti.

Esacaramujos



Los escaramujos son tan insignificantes que el paseante rara vez repara en ellos, pero a mí me recuerdan la aventura que viví una noche de verano en el asilo para niñas de la Beneficencia de Valladolid.

Todo empezó en el comedor del orfanato, durante la cena; había lentejas. Yo era bastante tragona y no tardé ni dos minutos en hacer desaparecer la comida del plato; en cambio, Teresa, la niña que se sentaba a mi lado, aún no había empezado a comer  porque se había entretenido en apartar a un lado los bichos y las piedrecitas. Como el runrún que sentía en el estómago no se había calmado, gimoteé en voz baja: «¡Me he quedado con hambre!».

Teresa me oyó y no lo pensó dos veces. Giró la cabeza para comprobar que  sor Antonia no vigilaba  y, sin mirar lo que hacía, vació todo el contenido de su plato donde creía que estaba el mío. Bichitos, piedras y lentejas fueron a parar encima de mi delantal. Grité y se organizó un gran alboroto.

El suelo tembló bajo las pisadas de sor Antonia. La hermana llegó hecha un basilisco y, sin preguntar qué había pasado, sacó sus propias conclusiones.

—¡Conque a la señorita Teresa no le gustan las lentejas! Pues ahora mismo recogerás en el plato las que han caído al suelo y te las comerás. Y, cuando las demás se vayan a la cama, lavarás la bata de Carmen. ¡Así aprenderás!

Pasada la primera impresión, comprendí que las intenciones de mi compañera habían sido buenas y pensé que el castigo era injusto, pero no me atreví a decir nada. Teresa no se defendió; se puso tiesa, apretó la boca e infló los carrillos como si fuera a soplar. Este gesto, unido a su pequeña estatura y a que era flaca como un sarmiento, hubiera ablandado a otra persona con una pizca más de humanidad que sor Antonia. Durante unos segundos, el elefante y la hormiga se miraron a los ojos. Al final, la más pequeña cedió y recogió las lentejas, sin quejarse ni derramar una lágrima.

Aquella noche no podía dormir pensando en lo mal que lo debería estar pasando Teresa por mi culpa. Cuando ya habían apagado la luz del dormitorio, regresó Teresa. No fue directamente a su cama, sino a la mía, se metió vestida entre las sábanas y se tapó hasta la cabeza. Yo no sabía qué hacer ni qué decir, esperaba una bronca. Pero, en lugar de echarme en cara mi cobardía, empezó a hablar en voz baja:

—Tienes que ayudarme.

—¿Ahora?

—¡Sí! ¡Ahora!

—¿Qué pasa?

—Después te lo cuento. ¡Levántate!

—Pero... ¡nos van a pillar!

Me sacó de la cama de un empujón, apenas tuve tiempo de echarme una rebeca por encima y de ponerme unas zapatillas; ella saltó detrás de mí.

—¡Vamos! —susurró.

—¡Ya voy!

La luz de la luna entraba por los resquicios de las  ventanas. Teresa señaló hacia una de las que daban al huerto trasero del hospicio y me indicó que saldríamos por allí para no encontrarnos con la hermana de guardia.

—¡Ah, no! ¡Yo no salto por ahí! –exclamé al comprender sus intenciones.

—No pasará nada. Estamos en la planta baja. ¡Venga, yo te ayudo!

Una vez más me dejé llevar por su presencia de ánimo, aunque sospechaba que aquello acabaría mal. Ella entrelazó las manos y me aupó a la ventana. Me senté a caballito y me agarré con todas mis fuerzas a la madera. El marco se me clavaba en el trasero y me hacía daño. Ella tomó un poco de carrerilla y se sentó a mi lado. Después, se dejó caer ágilmente al otro lado, con tan mala fortuna, que fue a dar con unas ortigas que había debajo. Salió dando saltos como un monito, pero sin abrir la boca. Pensé que me iba a dejar allí sola y me entraron ganas de llorar, pero enseguida volvió para ayudarme.

 —Baja por aquí que no hay ortigas —musitó.

Me apoyé de nuevo en su cuerpecillo; parecía enclenque, pero era duro como  la madera de enebro. Una vez en tierra firme, corrimos a refugiarnos debajo de unas tomateras. A ella le resultó fácil ocultarse, pero a mí no me tapaban ni la mitad del cuerpo. Entonces fui yo quien la cogió del brazo con fuerza y le dije:

—De aquí no paso si no me cuentas qué estamos haciendo.

Teresa se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y yo quise hacer lo mismo, pero me resultó imposible, por lo que opté por dejarme caer como un saco de patatas. Entonces empezó a contarme:

—Cuando estaba lavando tu delantal en el lavadero, a través de la ventana que da a la enfermería, he oído decir al médico que Leonor está muy enferma. Tiene una diarrea que no se le cura con arroz hervido ni con zanahorias, y que no hay dinero para medicinas en el orfanato.

Se interrumpió a punto de llorar. Continuó entre pucheros:

—¡Dijo que Leonor se podía morir!

—Pero, Teresa, nosotras no podemos hacer nada.

—¡Sí que podemos!

Yo no dejaba de mirar a nuestro alrededor y todas las sombras me parecían amenazadoras.

—¿Cómo? —dije con un hilo de voz.

—Escaramujos.

—¿Escaramujos?

— Mi madre me los daba cuando tenía diarrea. Les llamábamos tapaculos.

—Sí. Pero, ¿qué son?

—Salen del rosal borde, en verano, cuando se caen las flores. Son unas bolitas rojas.

— ¿Y no le harán daño?

—Si les quitamos los pinchitos que tienen debajo de la piel y las semillas, no.

—¿ Están buenos? —Se me hacía la boca agua al pensar en comida.

—Te dejan la lengua como un estropajo, pero quitan el hambre y, sobre todo, te curan cuando vas suelta de vientre.

—¿Dónde hay de eso?

—He visto en el patio de don Abundio.

—¡Jo! Con el mal genio que tiene ese. Si nos pilla...

Un hormigueo me recorrió la espalda hasta las piernas.

—¡Venga! ¡Vámonos! Se hace tarde.

 Salió corriendo en dirección al muro que cerraba el huerto. No era muy alto, pero a mí me parecía una montaña. Ella trepó como una ardilla por unos trastos abandonados junto a la pared y saltó. Yo no me atreví y me quedé llorando. Al poco rato oí su respiración esforzándose por volver a subir desde el otro lado. Al instante, su cabecita de pelo hirsuto y blanco por el reflejo de la luna, asomó por encima de la tapia.

—¿Qué haces?

—¡Yo no puedo subir! —sollocé.

—¡Dame la mano… arriba!

Logré llegar a lo alto a trompicones y, siempre con su ayuda, me deslicé al suelo. El camino se me hizo eterno. De vez en cuando miraba hacia atrás y veía la sombra del orfanato que nos acechaba con sus ojos rectangulares y amarillos. Temía ver aparecer a sor Antonia de un momento a otro. El estómago se me encogió hasta darme náuseas, pero seguí corriendo para no quedarme atrás. Una vez junto a la valla, Teresa trepó por los barrotes de hierro y, desde dentro, me abrió la puerta que sólo estaba atrancada con un cerrojo.

—¡Entra y no hagas ruido!

Enseguida encontramos el rosal silvestre. Los escaramujos brillaban a la luz de la luna. Sólo rompían el silencio de la noche el latido de nuestros corazones y el cri - cri de los grillos. Miré alrededor y todo me pareció misterioso. En ese momento una idea me vino a la cabeza.

—¡Teresa!

—¿Qué?

—¿Sabes lo que nos harán, si nos cogen?

—¡No pienses ahora en eso!

—¡Nos llevarán a las adoratrices!

—¿Y…?

—Dicen que la que va al reformatorio de las hermanas adoratrices no vuelve...

—¡Bah! ¡Venga, ayúdame a coger esto!

—¡Nos van a descubrir! ¡Tengo miedo!

—Escucha, no nos pueden coger porque le he pedido un “cariñín” a mi madre.

—¡Tu madre está muerta!

—Sí, pero me ayuda desde el cielo cuando se lo pido.

Estas palabras, lejos de tranquilizarme, me pusieron más nerviosa, ya que las cosas del más allá me causaban cierto repeluzno. Pensé que era algo bruja.

—¡Cuidado...! —no pudo terminar el aviso. Nada más poner la mano en el arbusto me clavé una espina.

Chillé.

Mi amiga me tapó la boca con la mano, pero ya era tarde. Inmediatamente se empezaron a encender luces. Poco después, la figura de don Abundio se recortó en la entrada del porche.

—¿Quién anda ahí? —gritó al mismo tiempo que dejaba suelto un perrazo de orejas recortadas.

El animal lanzó dos o tres ladridos, que sonaron como cañonazos en mitad de la noche, y vino derecho hacia donde estábamos nosotras. Cerré los ojos paralizada por el miedo. De un momento a otro esperaba sentir en mi carne los dientes de la bestia. No supe hacer otra cosa que rezar:

—¡Dios te salve, María...!

Pasaron unos segundos y no ocurrió nada. Oía el jadeo del perro, pero no parecía irritado. Poco a poco, me atreví a separar los párpados. Lo que vi me ratificó en la idea de que mi amiga tenía algo de hechicera. Teresa tenía agarrado el morro del perrazo con sus manitas y le dio un beso en la frente; el mastín meneó el rabo y le lamió la cara.

—¡Hala, vete ya! –ordenó Teresa.

El animal volvió con su dueño. Este debió de pensar que no había nada anormal en el patio y entró en la casa. Poco después se apagaron de nuevo las luces y nosotras pudimos dedicarnos a nuestra tarea.

Teresa se llenó los bolsillos de escaramujos y yo puse los que pude dentro de la rebeca. Después regresamos por el mismo camino; al llegar a las tomateras, nos detuvimos para pelar y sacar las semillas de las bolitas rojas, y cuando las hubimos limpiado todas, nos dirigimos a la ventana del comedor por donde habíamos salido.

Aún nos esperaba una nueva sorpresa. La ventana no se podía alcanzar desde el exterior, porque el suelo del huerto estaba más bajo que el de la casa. Nos quedamos sin saber qué hacer. A mí me temblaba todo el cuerpo y debía de estar blanca como el enjalbegado de la pared. La imagen de las adoratrices y su siniestro reformatorio no se me iba de la cabeza.

Al cabo de unos minutos, Teresa tuvo una idea:

—Aún hay luz en la portería. Eso quiere decir que la hermana Guadalupe debe de estar por allí. Escucha bien lo que vamos a hacer...

Pusimos todos los escaramujos envueltos en la rebeca, con el propósito de guardarlos hasta el día siguiente. A continuación, me  escondí al lado de la puerta, de manera que no se me viese desde ella. Teresa se subió a un poyo de piedra y golpeó varias veces con la aldaba. Se oyó la voz de sor Guadalupe :

—¿Quién es? ¡A estas horas!

—Sor Guadalupe, soy Teresa. ¡Ábrame, por el amor de Dios!

La puerta se abrió y la figura de la monja se recortó contra la luz amarilla del recibidor.

—¿Qué demonios? ¡Dios me perdone! ¿Qué haces ahí, criatura?

Mi amiga le contó que había tenido ganas de orinar y que las letrinas le habían dado asco porque estaban muy sucias. Por eso había salido al huerto por la ventana, pero luego no había podido entrar. Mientras hablaba se había colocado de forma que la monja no pudiera cerrar la puerta y no viese a quien pasaba por ella. Yo aproveché para colarme e ir derecha al dormitorio.

La hermana portera despertó a la madre superiora y le explicó la historia que le había contado Teresa.

—No creo una sola palabra —oí que decía la superiora—. Pero, como supongo que no te voy a sacar la verdad, en la mentira tendrás tu castigo. ¿No dices que las letrinas están muy sucias? Pues antes de acostarte te encargarás de dejarlas como los chorros del oro. ¡Andando!

Era muy tarde cuando sentí que entraba en el dormitorio. Me asomé un poco entre las sábanas y vi a mi amiga sonriente, parecía que no le importaba haber tenido que limpiar todos los retretes ella sola.

No recuerdo si mi amiga consiguió hacer llegar el remedio a su destino ni lo que pasó con la enferma, pero aquella noche nació en mí una profunda admiración por Teresa, y la fama de sus poderes se extendió como una  mancha de aceite entre las niñas de la Beneficencia.

El pupitre


¡Pelea, pelea!

El grito arrancó de la fila de la fuente, cruzó el cielo del patio de la escuela, rebotó en el juego de la taba del porche y voló hasta la sombra del viejo chopo que en época de canícula acoge a los escolares bajo sus amplias ramas  como una oronda gallina clueca de plumas verdes.  
Hasta entonces, un orden anárquico había gobernado en el recreo: un niño vestido con una descolorida camiseta del Barça corría con el cuerpo ligeramente inclinado, las piernas arqueadas y los brazos como si le atacara un enjambre de avispas,  protegiendo una pelota multicolor medio deshinchada, que saltaba como un sapo en el cemento del patio; a su alrededor, una multitud gritaba, ¡pásamela!, ¡éntrale! ¡chuta!, ¡a mí, a mí!, ¡quítasela de una vez! En el mismo espacio, pero en otra dimensión, una niña de pelo negro enmarañado y ojos encendidos perseguía desaforada a un par de trenzas rubias que flameaban coronando un revuelo de faldas y gritos. Por su parte, invisibles para futbolistas y perseguidoras, un chico y una chica paseaban concentrados en una conversación muy formal, en medio del caos, sin sospechar nada de lo que ocurría a su alrededor.
¡Pelea! ¡Pelea! 
El grito empujó a los escolares hacia un extremo del patio en medio de una gran confusión. La algarabía atrajo a los profesores de guardia  hacia el enjambre de niños; pero, antes de que los monitores se acercaran lo suficiente para poner paz en la contienda, sonó la sirena que daba fin al tiempo de recreo y la barahúnda se desintegró con la misma velocidad que se había congregado. 
Horas más tarde, en el sosiego de la terraza de un bar, Lorenzo, apodado por sus alumnos “el Risitas”, refería a sus contertulios el incidente anterior. 
―¡No os lo vais a creer! La explicación de Marcos fue que Castaños se había sentado en su sitio. ¡Tendríais que haber visto la rabia con que lo decía,  colorado como un tomate, de modo que parecía que le iba a dar un síncope!
― ¡Hay que ver por qué tonterías se organiza una pelea! ―añadió Isabel, rebautizada como  “Miss O’cloc” por su obsesión por la puntualidad―. Estos críos llevan la agresividad dentro y cualquier excusa les sirve.
Antonio, un profesor jubilado que había ejercido durante más de veinte años en el colegio y que de vez en cuando se acercaba por el bar para saludar a los antiguos compañeros y tomar una cerveza con ellos, no estuvo de acuerdo.
― ¿Ya no os acordáis de cuando erais niños? El pupitre era el punto desde el que tomábamos las referencias para construir nuestro mundo escolar: la perspectiva de la pizarra, del mural con los dibujos de la clase de plástica, del perchero donde colgábamos los abrigos en invierno o de la mesa del profesor, que ojeábamos de vez en cuando para controlar al maestro. Y, sobre todo, nos permitía tener cerca a los mejores amigos; aquellos cuya proximidad hacía que entrásemos a la clase con el mejor ánimo. 
―Pero, ¿tú crees que los chavales valoran todo eso? ―intervino, escéptico, Lorenzo―. Estos críos solo piensan en jugar.
―Todo el mundo, no solo los niños, necesita un lugar al que pertenecer y que le pertenece: es “casa”,  en el pilla – pilla; el rincón, debajo de la mesa, libre de miradas extrañas, donde jugábamos cuando niños; o el techo de nuestra habitación, que aun contemplamos para relajarnos antes de dormir; en definitiva, el lar de los antiguos romanos. 
Lorenzo siguió en sus trece.
― Eso era en la antigüedad, cuando la gente vivía en la misma casa durante generaciones, pero actualmente cambiamos de residencia varias veces a lo largo de la vida. Pocas personas conservan algo de cuando eran pequeños o de su familia. Todo va quedando atrás.
― Creo que estáis equivocados. La vida no es una línea recta sobre la que avanzamos dejando atrás lo vivido, sino una concha de caracol que se desarrolla enroscándose sobre sí misma de manera que el pasado y el futuro se manifiestan en lo que somos en cada instante.
Isabel y Lorenzo eran, tal vez, demasiado jóvenes para encontrar en su interior la infancia recién abandonada. 
―¿Nunca habéis tenido la sensación de que el niño que fuisteis sigue estando ahí, con los miedos y los consuelos que experimentamos en la infancia? Los demonios creados en la niñez nos acompañan durante toda la vida; cambian de significado, pero son los mismos demonios; y otro tanto ocurre con los abrigos que buscamos para protegernos de ellos.
Para vencer la incredulidad de Lorenzo e Isabel, Antonio ilustró la tesis que defendía con el relato de su propia experiencia.
― Lo que os voy a contar me pasó cuando tenía cinco  o seis años… cinco probablemente, pues mi padre aun ejercía en Lezuza. Sé que era sábado, porque el maestro empezó a explicarnos el Evangelio que correspondía al domingo siguiente. Doy por supuesto  que, aunque solo sea por referencias, habréis oído hablar del nacional - catolicismo. Yo estaba sentado en un pupitre doble, con las manos agarradas al borde del tablero, aun conservo en las palmas el recuerdo de la superficie relamida, y los pies bailoteando a un palmo del suelo. El cosquilleo en la boca del estómago me anunciaba otra maravillosa aventura en la que yo sería el hijo pródigo recibido con honores de héroe, el Dios que ordenase a Lázaro ¡levántate y anda!, o el encantador que curara a un leproso poniéndole las manos en la cabeza. ¡Con qué emoción me imaginé diciendo: “Ve, tu fe te ha salvado”! 
La débil claridad que entraba por las ventanas que se abrían a mi izquierda apenas me permitía vislumbrar, desde mi pupitre, las paredes del aula, sucias y desconchadas; a la derecha, el mapa de España, con las cordilleras y los ríos, colgaba de una alcayata. Delante, encima de la pizarra de hule, un crucifijo cubierto de polvo y humo, y las estampas de Franco, José Antonio y la Inmaculada Concepción, de tonos rancios, azulados y amarillentos, presidían la sala. 
Al conjuro de la palabra Cafarnaúm, escrita en el encerado, me monté mi propia película: me encontraba en una plaza de casas blancas en forma de cubo, con ventanas acabadas en un extraño arco puntiagudo, y rematadas por una cúpula. Más allá, colinas suaves salpicadas de olivos ondulaban el horizonte.
En aquel tiempo…, leía don Pedro, el maestro, cuando vi pasar a mi lado a un hombre de piel oscura, ojos brillantes y barba hirsuta, con la cabeza cubierta por un turbante retorcido; vestía una túnica blanca de rayas grises y calzaba sandalias de cuero basto, que dejaban al aire los talones y los dedos de los pies; en un rincón, distinguí a una mujer, como una sombra, que lloraba a su hijo muerto; y por todas partes pululaba una multitud de ciegos pedigüeños y leprosos intocables. Me encogí en el asiento, excitado por el aire de misterio.
Yo veía al maligno trepando entre brillos por el extremo superior izquierdo de la pizarra, huyendo de la boca abierta de un hombre asustado. A mis oídos llegaba, teatral, la voz del maestro, …un hombre poseído por un espíritu inmundo... El diablo tenía forma de lagarto alado con la cola acabada en punta de flecha y las garras de ave de rapiña. ¡Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más! Me sentí observado por el demonio que giraba la cabeza hacia los bancos. Sus ojos despedían rayos de ira y su boca de dragón amenazaba con abrasarnos con una lengua de fuego. 
Detrás de mí, roncaba el latido, sordo e inquietante, de las llamas dentro de la estufa de hierro. Esta tenía el tiro abierto al máximo para contrarrestar el frío que se filtraba a través de las grietas del cielo raso, por donde asomaban las cañas del tejado. La panza del aparato estaba al rojo vivo y las chispas subían tubo arriba escapándose por los empalmes. Cuando don Pedro abría la trampilla para añadir unos tacos de madera de encina a las brasas, el fuego bramaba como si se hubieran abierto las puertas del infierno.
Yo no podía apartar la vista del diablo que reptaba rabioso por la pizarra. Protegido en mi pupitre, del que apenas sobresalían la cabeza y los hombros, no me atrevía a levantarme para beber agua en el botijo de barro, lleno de mugre, que teníamos en el aula, a pesar de que sentía la boca reseca por el humo que rodeaba al inmundo ser. Hasta mí llegaban los gritos de horror de la muchedumbre ante la presencia del monstruo
El bullicio de los  galileos se mezclaba con las exclamaciones que llegaban de la calle; pero, paulatinamente, estas empezaron a cobrar entidad propia.
− ¡Fuego!
− ¡En el tejado de la escuela!
− ¡Buscad al sacristán para que toque a rebato!
Levanté la vista y vi que por los resquicios del techo salía el humo a borbotones, acompañado por lenguas anaranjadas que se asomaban y desaparecían burlándose de mi pánico. 
Lo recuerdo bien, porque parece que fue ayer. Hacía un instante que el maestro había leído: El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Al percatarse del fuego, don Pedro nos ordenó salir en orden de la escuela; pero yo, paralizado por el miedo, seguía aferrado al banco que me ofrecía un abrigo seguro. 
Todavía, ahora, revivo aquella experiencia, cuando por la noche, al cepillarme los dientes, descubro una nueva mancha en la piel o un dolor desconocido me avisa de que el cuerpo acelera su camino hacia la muerte, el estómago se me vuelve del revés y un ligero escalofrío me recorre la espalda; sobrecogido por este presentimiento, me voy a la cama en busca de la evasión que ofrecen las sábanas. En la cueva, cierro los ojos y me siento transportado a la vieja escuela de Lezuza, la mañana en que me encontré cara a cara con el demonio. Entre sueños, oigo las palabras mágicas, En aquel tiempo… y veo al vil trepar por la imagen del espejo; entonces, me contraigo un poco más entre las tablas del pupitre. 
¿Entendéis por qué comprendo perfectamente la furia de ese chico para defender su sitio?
Cuando Antonio acabó su narración, Isabel y Lorenzo se miraron con una sonrisa comprensiva. ¡Qué van a entender, si ellos aun huían de la infancia! 
Desde la calle llegaban las voces de algunos alumnos que acababan de salir del colegio y discutían lo sucedido en el recreo.
― ¡Se ha pasado, “el Marky”, mira que darle una patada !
―¡Joder, si es su sitio, no tiene por qué quitárselo “el Casta”!