Ante todo, he de dejar constancia de que el relato que sigue
es producto de mi imaginación y que cualquier semejanza con la realidad la
fabrica el lector por su cuenta.
Érase una vez , un anciano padre que tenía dos hijos a los
que trataba como un dictador a la
antigua usanza y no dudaba en utilizar la violencia para imponer su capricho. Una
de sus obsesiones era que en la vivienda solo podía haber una llave, porque si
no, decía, sería ingobernable. Paco, el menor de los hijos, era el preferido
del viejo; aunque confiaba más en el criterio de Jordi, el de más edad, para manejar
el dinero de la familia. Así, el pequeño acumulaba privilegios domésticos, como
el sitio preferente en la mesa a la hora de comer, o el mejor asiento en las
reuniones familiares; mientras el mayor se iba apoderando de las riendas del negocio.
Los dos detestaban la manera de actuar del padre, lo que no impedía que Jordi
echara en cara a Paco el favoritismo de que disfrutaba.
Una de las prerrogativas que el anciano, enclaustrado por la
edad, cedió al menor fue el progresivo control de la llave, a cambio, se tenía
que ocupar de los menesteres del hogar. Jordi tenía que llamar a la puerta para
acceder a la casa y avisar cuando quería ir a algún sitio; además, se le impuso
un horario estricto de entradas y salidas, y no podía recibir visitas sin el
beneplácito del pequeño.
Esta dependencia irritaba al primogénito, quien ponía mala
cara cuando tenía que proveer para el mantenimiento de la familia y de la casa,
pues no tenía en cuenta que se había enriquecido con los bienes familiares. Aunque
casi no se atrevía a protestar en vida del dictador, cuando lo hacía, siempre contaba con el apoyo
de Paco; a pesar de esto, no perdía ocasión de llamar la atención sobre su
servidumbre y hacer quedar como un abusón a su hermano pequeño.
Cuando murió el anciano padre, el mayor suplicó al pequeño
que relajara los horarios de entradas y salidas, recordándole que era tan
dictador como el padre por mantenerlo en aquella situación. El menor, que ya
sabemos que odiaba el proceder del viejo, accedió con mucho gusto. Poco tiempo
después, Jordi solicitó a Paco que dejara la llave en un lugar accesible
para los dos y así no tendría que pedir
permiso para entrar o salir y para recibir visitas. Paco lo encontró razonable
y así lo hicieron. A pesar de todo, Jordi seguía echando en cara a su hermano
que vivía a su costa.
No pasó mucho tiempo sin que el primogénito, reclamara una
copia de la llave, arguyendo que los dos eran dueños de la casa y debían tener
los mismos derechos. Paco encontró
razonable el argumento y se apresuró a entregar una copia de la llave a su
hermano. Jordi no dejaba de quejarse por tener que ser el
único que aportaba dinero a la casa, y que luego los dos hermanos tuvieran los
mismos derechos.
Un día, al volver Paco a la casa se encontró con que el
mayor había mandado cambiar la cerradura y tuvo que llamar. Cuando logró
entrar, pidió una copia de la nueva llave a su hermano a lo que este respondió
que no era conveniente hacer copias de la llave y que era de justicia que a
cada casa le correspondiera una llave. Más tarde, argumentó que la seguridad de
la casa imponía un control de entradas y salidas. Al fin y al cabo, eso es lo
que el viejo había hecho con él. Cuando Paco protestó, Jordi le llamó pequeño dictador y le recordó que
vivía gracias a lo que él le daba y que si no le gustaba, podía marcharse.
Paco recogió sus pertenencias y se fue calle abajo, sin
saber a dónde ir, porque aquella había sido su casa de toda la vida.
Jordi salió a la
puerta y esgrimiendo la llave lo despidió gritándole:
―¡Adiós, fascista!