LA PUERTA DEL PARAÍSO
Habíamos
sido invitados por el gobierno sirio para realizar prácticas en los yacimientos
prehistóricos de la costa mediterránea, donde se funden los restos de viejas
culturas del Paleolítico Superior con los de incipientes civilizaciones
agrícolas. En un descanso de las excavaciones, sentado en una roca granítica, observaba
los colores ocre, naranja y amarillo de las hojas de los álamos, chopos y sauces
en la ribera del río; el verde solemne de las encinas en las alturas medias, y
las copas oscuras, majestuosas, de los pinos en la cima de las colinas. Se oía el
rumor que rodaba por el fondo del valle hasta perderse entre farallones de
basalto. Intenté imaginar cómo habría sido el paisaje diez o doce mil años
atrás.
Ella surgió a pocos metros delante de mí. Era joven, de piel morena; iba vestida
con lienzos de cuero atados debajo del vientre, abultado por una evidente
preñez; tenía los senos grandes y algo caídos para la edad que aparentaba su
rostro. Estaba en cuclillas sobre un promontorio, desde el que se dominaba
gran parte de la solana. El
ceño ligeramente fruncido y la mirada fija en un punto de la ladera dibujaban
en su rostro una expresión inteligente.
El bosque se adornaba con
el naranja de los madroños, el rojo de los escaramujos y el azul grisáceo de
los arándanos. Mareva se incorporó, se recogió el
pelo negro en la nuca sujetándolo con unos tallos de espliego y se dirigió hacia unas cuevas que había en la
falda de la colina orientadas hacia el sol de la mañana. A pesar de su estado,
caminaba ligera sorteando las matas de jara y romero. Iba en busca de la Gran Sacerdotisa Nagaa, quien sabía
interpretar las señales del cuerpo para predecir el sexo del ser que llevaba en
sus entrañas y la fecha aproximada del parto. Las mujeres del clan le habían adelantado
que sería varón por la tersura de la piel, la belleza serena de la cara y la
forma puntiaguda del vientre; pero ella deseaba la confirmación de la sabia
anciana. Por el camino, Mareva se cruzó con Josán, uno de los jóvenes que habían
yacido con ella durante los ritos de fecundación. Lo recordaba porque era el
único con el que se le había arrebolado la piel del cuello y de las mejillas, y
había sentido que su cuerpo se fundía como la cera junto al fuego. El joven le sonrió y ella, azorada, le
devolvió la sonrisa.
Nagaa salió a recibirla a la boca
del refugio; las dos mujeres se abrazaron. La mayor lucía en su rostro una
sonrisa amplia, luminosa; la joven también sonreía, pero desvió la mirada con
una sombra de desconfianza. La Gran Sacerdotisa le hizo acostarse boca arriba
con las piernas flexionadas sobre una piel de ciervo extendida a la puerta de la cueva. Le palpó el
vientre e introdujo la mano derecha en sus entrañas. Después le pidió que se
sentara y le pasó la huesuda mano izquierda por debajo del pecho para recoger
el sudor y lo olió dilatando las aletas de la nariz al máximo. Luego le hizo
orinar en un cuenco de corteza de alcornoque que dispuso en el suelo; Mareva,
cohibida por la presencia de la anciana, sólo pudo expeler unas gotas. Nagaa lamió
el líquido dorado y lo extendió con la lengua por el interior de la boca; a
continuación, dejó salir lentamente el aire por la nariz para apreciar todos
los matices del aliento de la orina.
Todo había empezado tiempo atrás en la estación
de las lluvias. Durante esa época, las jóvenes que habían sido consagradas a la Madre Tierra recibían
a todos los hombres del clan que lo desearan. Cuando Nagaa le anunció que había
sido bendecida por la Gran
Madre , Mareva dejó de participar en los ritos más pesados de
la liturgia en honor de la Diosa. La joven los conocía perfectamente, pues, de
niña, cuando las aspirantes a sacerdotisa que no habían sido bendecidas por la
fertilidad realizaban estos trabajos, ella se sentaba a observarlas. Como tenía
una inteligencia despierta y buena memoria, pronto dominó todos los secretos del
culto: manejaba con destreza el bastón de punta endurecida con el que se rompía la corteza reseca de la tierra poco
antes de la llegada de las lluvias; sabía cuándo arrancar las malas hierbas
para proteger las plantas consagradas a la Diosa; conocía por el aspecto de las
hojas y los brotes más tiernos el estado de los vegetales, y dominaba la
técnica del sacrificio para ofrecer a la Madre los mejores frutos recolectados.
También podía predecir los cambios de estación dentro del ciclo solar.
Cuando todos los indicios hacían
suponer que el nacimiento de un niño coincidiría con la noche más larga del
ciclo, se preparaban grandes festejos: horas antes del acontecimiento se encendían
hogueras para llenar de luz el valle y se arreglaba especialmente el Campo
Sagrado. Aquel niño se consideraba Elegido por la Diosa. Al alba, todos iban a venerarle
y daban regalos a la madre; después, lo llevaban en procesión por todo el
recinto entre muestras de reconocimiento y gratitud; por último, lo conducían
al Campo Sagrado, le seccionaban la yugular y regaban la tierra con su sangre,
entre grandes muestras de júbilo.
Cuando la vieja sacerdotisa acabó
el reconocimiento, le comunicó que tenía un varón en su vientre y que, por lo
avanzado de la gestación, era posible que el parto coincidiera con el solsticio
de invierno. En ese instante, Mareva tomó la decisión de proteger a su hijo al
precio que fuera. A partir de entonces, pasaba las noches sin dormir, dando
vueltas en el lecho y lamentando haber sido consagrada a la Diosa como futura
sacerdotisa.
Los conocimientos que tenía de cómo
influían los ritos sagrados en el ciclo vegetal hicieron concebir a Mareva la
forma de salvar a su hijo de la muerte. Durante varias noches estuvo madurando
la idea y, en cuanto la tuvo perfilada, corrió a comunicársela a Nagaa. Esta
palideció al oírla, su rostro se contrajo en un gesto de ira, cerró los puños y
los colocó a la altura del rostro de la joven, quien miraba obsesionada la
verruga que la anciana tenía en la barbilla y que enrojecía como un ascua
avivada por el viento conforme se intensificaba su furor.
—¿Comer del Fruto Sagrado? ¡Desgraciada!
―La mandíbula inferior de Nagaa temblaba a cada envite de su voz―. ¡Has
escuchado a la serpiente, que se ha deslizado junto a tu lecho entre las
sombras de la noche y ha inclinado tu voluntad al pecado! La soberbia de querer
torcer la voluntad de la
Madre Tierra te condenará a ti y a tu descendencia. ―Acompañó
esta amenaza con el dedo índice apuntando al vientre hinchado de Mareva―. ¡Olvida lo que me has dicho y vigila por las
noches para que el reptil no vuelva a tentarte!
Pero el propósito de Mareva se alimentaba de dos poderosas fuentes: el instinto materno y la ambición. En cuanto dejó a
Nagaa, empezó a preparar un plan para huir. Pensó que necesitaba la ayuda de un
hombre para llevarlo a cabo; entonces se acordó de Josán y, sin perder tiempo,
fue en su busca.
Mareva le contó al joven su
proyecto resaltando la posibilidad de llegar a ser tan poderosos como la Diosa. Al oír la
propuesta, Josán se espantó y creyó que se había vuelto loca.
—¡Eso es imposible! En cuanto se den
cuenta, nos perseguirán y nos matarán a los tres.
—Si vamos por el río, no nos podrán
alcanzar. ―La firmeza de la voz de Mareva expresaba su empeño en llevar a cabo
la empresa.
—No llegaríamos muy lejos… ―Josán dirigió
la mirada hacia el rumor que venía del fondo del valle.
—Tú sabes manejar una balsa. Te he
visto cuando bajas a pescar.
—Sí, pero nunca me he acercado
tanto a los rápidos.
—Estoy segura de que puedes
vencerlos.
—Aunque así fuera, el retorno sería
imposible.
—¡Qué importa el retorno! ―La
indecisión de su amigo empezaba a impacientarla. —Si conseguimos superar los
días de invierno...
—Sí, pero… ¿cómo lo conseguiremos?
—Tú puedes cazar y aún se pueden encontrar madroños, escaramujos,
raíces…; además, en dos ciclos lunares empezarán a brotar yemas comestibles.
―Mareva acompañaba las palabras con gestos de las manos, en su afán de hacerlas
más palpables a su compañero.
—¿Y qué haremos después? ―La
voluntad del joven empezaba a dar muestras de flaqueza.
—He guardado algunos frutos del
Campo Sagrado para los ritos agrícolas y conozco perfectamente qué se ha de
hacer y cuándo. ¡Piénsalo! ―Golpeó el suelo con el pie.
—Pero... nosotros solos... ―titubeó
el hombre.
—Cuando la necesidad les obligue,
algunos nos seguirán; hasta es posible que vengan personas de otros lugares. ¡Habrá
comida para todos!, ¡formaremos un clan poderoso! ―La mujer se iba
entusiasmando conforme exponía sus argumentos.
Al final, Josán cedió movido, también, por la ambición.
Cuando llegó el día señalado por
los astros, el lugar hervía con los preparativos: aquí, un hombre de aspecto
venerable y voz profunda dirigía a un grupo de jóvenes que colocaban una piedra
plana para encender un fuego; allí, una
mujer de mediana edad, chaparra y de músculos poderosos, acarreaba haces de
leña y los apilaba en torno al futuro altar; alrededor del ara, un grupo de
jóvenes sacerdotisas se inclinaban sobre el suelo del Campo Sagrado. Mareva se
afanó en los preparativos del parto y Josán se procuró una balsa y una pértiga y
los escondió en la orilla del río, debajo de unos arbustos, junto con las
provisiones que había conseguido la que iba a ser su compañera de huida.
Llegó la noche esperada. Mareva se
retiró a un rincón oscuro del refugio para parir en la intimidad. Desde
el fondo de la cueva podía oír los golpes rítmicos y los cantos de los
festejos; en la pared opuesta a la entrada se reflejaba la luz de las hogueras.
Cuando sintió que se acercaba el instante del alumbramiento, se acuclilló sobre
la piel de ciervo que había preparado para recibir al niño y esperó
pacientemente.
Al alba, un grupo de
personas precedido por la Gran Sacerdotisa se dirigió a la cueva para venerar
al Niño-Dios emitiendo sonidos armoniosos con la boca, al tiempo que se golpeaban
rítmicamente en los muslos con las manos. Cuando descubrieron que el Niño Elegido había
desaparecido junto con su madre, la alegría se trocó en llanto y los cánticos
en lamentos desgarradores. Corrieron en todas direcciones en busca de la Familia
Sagrada, pero sólo llegaron a tiempo de ver una frágil balsa de troncos de
madera que se deslizaba insegura sobre el agua, cerca ya de los rápidos. En
ella, rodeados de bultos, un hombre se esforzaba en mantener la estabilidad de
los troncos con una pértiga y, a su lado, una joven madre apretaba contra el
pecho a su hijo recién nacido. En un instante, la frágil embarcación fue
engullida por la oscuridad del desfiladero.
El director de las excavaciones
nos había explicado el día anterior que los seres humanos habían abandonado el
asentamiento hacía unos diez mil años y que se habían descubierto restos de una
pujante civilización agrícola al otro lado de los farallones. Me quedé
contemplando lo que tal vez fue la puerta del Paraíso.
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