miércoles, 28 de noviembre de 2012

La puerta del Paraíso


LA PUERTA DEL PARAÍSO

Habíamos sido invitados por el gobierno sirio para realizar prácticas en los yacimientos prehistóricos de la costa mediterránea, donde se funden los restos de viejas culturas del Paleolítico Superior con los de incipientes civilizaciones agrícolas. En un descanso de las excavaciones, sentado en una roca granítica, observaba los colores ocre, naranja y amarillo de las hojas de los álamos, chopos y sauces en la ribera del río; el verde solemne de las encinas en las alturas medias, y las copas oscuras, majestuosas, de los pinos en la cima de las colinas. Se  oía el rumor que rodaba por el fondo del valle hasta perderse entre farallones de basalto. Intenté imaginar cómo habría sido el paisaje diez o doce mil años atrás.

Ella surgió  a pocos metros delante de mí. Era joven, de piel morena; iba vestida con lienzos de cuero atados debajo del vientre, abultado por una evidente preñez; tenía los senos grandes y algo caídos para la edad que aparentaba su rostro. Estaba en cuclillas sobre un promontorio, desde el que se dominaba gran parte de la solana. El ceño ligeramente fruncido y la mirada fija en un punto de la ladera dibujaban en su rostro una expresión inteligente.


El bosque se adornaba con el naranja de los madroños, el rojo de los escaramujos y el azul grisáceo de los arándanos. Mareva se incorporó, se recogió el pelo negro en la nuca sujetándolo con unos tallos de espliego  y se dirigió hacia unas cuevas que había en la falda de la colina orientadas hacia el sol de la mañana. A pesar de su estado, caminaba ligera sorteando las matas de jara y romero.  Iba en busca de la Gran Sacerdotisa Nagaa, quien sabía interpretar las señales del cuerpo para predecir el sexo del ser que llevaba en sus entrañas y la fecha aproximada del parto. Las mujeres del clan le habían adelantado que sería varón por la tersura de la piel, la belleza serena de la cara y la forma puntiaguda del vientre; pero ella deseaba la confirmación de la sabia anciana. Por el camino, Mareva se cruzó con Josán, uno de los jóvenes que habían yacido con ella durante los ritos de fecundación. Lo recordaba porque era el único con el que se le había arrebolado la piel del cuello y de las mejillas, y había sentido que su cuerpo se fundía como la cera junto al fuego.  El joven le sonrió y ella, azorada, le devolvió la sonrisa.

Nagaa salió a recibirla a la boca del refugio; las dos mujeres se abrazaron. La mayor lucía en su rostro una sonrisa amplia, luminosa; la joven también sonreía, pero desvió la mirada con una sombra de desconfianza. La Gran Sacerdotisa le hizo acostarse boca arriba con las piernas flexionadas sobre una piel de ciervo extendida a la puerta de la cueva. Le palpó el vientre e introdujo la mano derecha en sus entrañas. Después le pidió que se sentara y le pasó la huesuda mano izquierda por debajo del pecho para recoger el sudor y lo olió dilatando las aletas de la nariz al máximo. Luego le hizo orinar en un cuenco de corteza de alcornoque que dispuso en el suelo; Mareva, cohibida por la presencia de la anciana, sólo pudo expeler unas gotas. Nagaa lamió el líquido dorado y lo extendió con la lengua por el interior de la boca; a continuación, dejó salir lentamente el aire por la nariz para apreciar todos los matices del aliento de la orina.

Todo había empezado tiempo atrás en la estación de las lluvias. Durante esa época, las jóvenes que habían sido consagradas a la Madre Tierra recibían a todos los hombres del clan que lo desearan. Cuando Nagaa le anunció que había sido bendecida por la Gran Madre, Mareva dejó de participar en los ritos más pesados de la liturgia en honor de la Diosa. La joven los conocía perfectamente, pues, de niña, cuando las aspirantes a sacerdotisa que no habían sido bendecidas por la fertilidad realizaban estos trabajos, ella se sentaba a observarlas. Como tenía una inteligencia despierta y buena memoria, pronto dominó todos los secretos del culto: manejaba con destreza el bastón de punta endurecida con el que  se rompía la corteza reseca de la tierra poco antes de la llegada de las lluvias; sabía cuándo arrancar las malas hierbas para proteger las plantas consagradas a la Diosa; conocía por el aspecto de las hojas y los brotes más tiernos el estado de los vegetales, y dominaba la técnica del sacrificio para ofrecer a la Madre los mejores frutos recolectados. También podía predecir los cambios de estación dentro del ciclo solar.

Cuando todos los indicios hacían suponer que el nacimiento de un niño coincidiría con la noche más larga del ciclo, se preparaban grandes festejos: horas antes del acontecimiento se encendían hogueras para llenar de luz el valle y se arreglaba especialmente el Campo Sagrado. Aquel niño se consideraba Elegido por la Diosa. Al alba, todos iban a venerarle y daban regalos a la madre; después, lo llevaban en procesión por todo el recinto entre muestras de reconocimiento y gratitud; por último, lo conducían al Campo Sagrado, le seccionaban la yugular y regaban la tierra con su sangre, entre grandes muestras de júbilo.

Cuando la vieja sacerdotisa acabó el reconocimiento, le comunicó que tenía un varón en su vientre y que, por lo avanzado de la gestación, era posible que el parto coincidiera con el solsticio de invierno. En ese instante, Mareva tomó la decisión de proteger a su hijo al precio que fuera. A partir de entonces, pasaba las noches sin dormir, dando vueltas en el lecho y lamentando haber sido consagrada a la Diosa como futura sacerdotisa.

Los conocimientos que tenía de cómo influían los ritos sagrados en el ciclo vegetal hicieron concebir a Mareva la forma de salvar a su hijo de la muerte. Durante varias noches estuvo madurando la idea y, en cuanto la tuvo perfilada, corrió a comunicársela a Nagaa. Esta palideció al oírla, su rostro se contrajo en un gesto de ira, cerró los puños y los colocó a la altura del rostro de la joven, quien miraba obsesionada la verruga que la anciana tenía en la barbilla y que enrojecía como un ascua avivada por el viento conforme se intensificaba su furor.

—¿Comer del Fruto Sagrado? ¡Desgraciada! ―La mandíbula inferior de Nagaa temblaba a cada envite de su voz―. ¡Has escuchado a la serpiente, que se ha deslizado junto a tu lecho entre las sombras de la noche y ha inclinado tu voluntad al pecado! La soberbia de querer torcer la voluntad de la Madre Tierra te condenará a ti y a tu descendencia. ―Acompañó esta amenaza con el dedo índice apuntando al vientre hinchado de Mareva―.  ¡Olvida lo que me has dicho y vigila por las noches para que el reptil no vuelva a tentarte!

Pero el propósito de Mareva se alimentaba de dos poderosas fuentes: el instinto materno y la ambición. En cuanto dejó a Nagaa, empezó a preparar un plan para huir. Pensó que necesitaba la ayuda de un hombre para llevarlo a cabo; entonces se acordó de Josán y, sin perder tiempo, fue en su busca.

Mareva le contó al joven su proyecto resaltando la posibilidad de llegar a ser tan poderosos como la Diosa. Al oír la propuesta, Josán se espantó y creyó que se había vuelto loca.

—¡Eso es imposible! En cuanto se den cuenta, nos perseguirán y nos matarán a los tres.

—Si vamos por el río, no nos podrán alcanzar. ­―La firmeza de la voz de Mareva expresaba su empeño en llevar a cabo la empresa.

—No llegaríamos muy lejos… ―Josán dirigió la mirada hacia el rumor que venía del fondo del valle.

—Tú sabes manejar una balsa. Te he visto cuando bajas a pescar.

—Sí, pero nunca me he acercado tanto a los rápidos.

—Estoy segura de que puedes vencerlos.

—Aunque así fuera, el retorno sería imposible.

—¡Qué importa el retorno! ­―La indecisión de su amigo empezaba a impacientarla. —Si conseguimos superar los días de invierno...

—Sí, pero… ¿cómo lo conseguiremos?

—Tú puedes cazar y  aún se pueden encontrar madroños, escaramujos, raíces…; además, en dos ciclos lunares empezarán a brotar yemas comestibles. ―Mareva acompañaba las palabras con gestos de las manos, en su afán de hacerlas más palpables a su compañero.

—¿Y qué haremos después? ―La voluntad del joven empezaba a dar muestras de flaqueza.

—He guardado algunos frutos del Campo Sagrado para los ritos agrícolas y conozco perfectamente qué se ha de hacer y cuándo. ¡Piénsalo! ―Golpeó el suelo con el pie.

—Pero... nosotros solos... ―titubeó el hombre.

—Cuando la necesidad les obligue, algunos nos seguirán; hasta es posible que vengan personas de otros lugares. ¡Habrá comida para todos!, ¡formaremos un clan poderoso! ―La mujer se iba entusiasmando conforme exponía sus argumentos.

Al final, Josán cedió  movido, también, por la ambición.

Cuando llegó el día señalado por los astros, el lugar hervía con los preparativos: aquí, un hombre de aspecto venerable y voz profunda dirigía a un grupo de jóvenes que colocaban una piedra plana para encender  un fuego; allí, una mujer de mediana edad, chaparra y de músculos poderosos, acarreaba haces de leña y los apilaba en torno al futuro altar; alrededor del ara, un grupo de jóvenes sacerdotisas se inclinaban sobre el suelo del Campo Sagrado. Mareva se afanó en los preparativos del parto y Josán se procuró una balsa y una pértiga y los escondió en la orilla del río, debajo de unos arbustos, junto con las provisiones que había conseguido la que iba a ser su compañera de huida.

Llegó la noche esperada. Mareva se retiró a un rincón oscuro del refugio para parir en la intimidad. Desde el fondo de la cueva podía oír los golpes rítmicos y los cantos de los festejos; en la pared opuesta a la entrada se reflejaba la luz de las hogueras. Cuando sintió que se acercaba el instante del alumbramiento, se acuclilló sobre la piel de ciervo que había preparado para recibir al niño y esperó pacientemente.

Al alba, un grupo de personas precedido por la Gran Sacerdotisa se dirigió a la cueva para venerar al Niño-Dios emitiendo sonidos armoniosos con la boca, al tiempo que se golpeaban rítmicamente en los muslos con las manos. Cuando descubrieron que el Niño Elegido había desaparecido junto con su madre, la alegría se trocó en llanto y los cánticos en lamentos desgarradores. Corrieron en todas direcciones en busca de la Familia Sagrada, pero sólo llegaron a tiempo de ver una frágil balsa de troncos de madera que se deslizaba insegura sobre el agua, cerca ya de los rápidos. En ella, rodeados de bultos, un hombre se esforzaba en mantener la estabilidad de los troncos con una pértiga y, a su lado, una joven madre apretaba contra el pecho a su hijo recién nacido. En un instante, la frágil embarcación fue engullida por la oscuridad del desfiladero.


El  director de las excavaciones nos había explicado el día anterior que los seres humanos habían abandonado el asentamiento hacía unos diez mil años y que se habían descubierto restos de una pujante civilización agrícola al otro lado de los farallones. Me quedé contemplando lo que tal vez fue la puerta del Paraíso.


No hay comentarios:

Publicar un comentario