miércoles, 28 de noviembre de 2012

Esacaramujos



Los escaramujos son tan insignificantes que el paseante rara vez repara en ellos, pero a mí me recuerdan la aventura que viví una noche de verano en el asilo para niñas de la Beneficencia de Valladolid.

Todo empezó en el comedor del orfanato, durante la cena; había lentejas. Yo era bastante tragona y no tardé ni dos minutos en hacer desaparecer la comida del plato; en cambio, Teresa, la niña que se sentaba a mi lado, aún no había empezado a comer  porque se había entretenido en apartar a un lado los bichos y las piedrecitas. Como el runrún que sentía en el estómago no se había calmado, gimoteé en voz baja: «¡Me he quedado con hambre!».

Teresa me oyó y no lo pensó dos veces. Giró la cabeza para comprobar que  sor Antonia no vigilaba  y, sin mirar lo que hacía, vació todo el contenido de su plato donde creía que estaba el mío. Bichitos, piedras y lentejas fueron a parar encima de mi delantal. Grité y se organizó un gran alboroto.

El suelo tembló bajo las pisadas de sor Antonia. La hermana llegó hecha un basilisco y, sin preguntar qué había pasado, sacó sus propias conclusiones.

—¡Conque a la señorita Teresa no le gustan las lentejas! Pues ahora mismo recogerás en el plato las que han caído al suelo y te las comerás. Y, cuando las demás se vayan a la cama, lavarás la bata de Carmen. ¡Así aprenderás!

Pasada la primera impresión, comprendí que las intenciones de mi compañera habían sido buenas y pensé que el castigo era injusto, pero no me atreví a decir nada. Teresa no se defendió; se puso tiesa, apretó la boca e infló los carrillos como si fuera a soplar. Este gesto, unido a su pequeña estatura y a que era flaca como un sarmiento, hubiera ablandado a otra persona con una pizca más de humanidad que sor Antonia. Durante unos segundos, el elefante y la hormiga se miraron a los ojos. Al final, la más pequeña cedió y recogió las lentejas, sin quejarse ni derramar una lágrima.

Aquella noche no podía dormir pensando en lo mal que lo debería estar pasando Teresa por mi culpa. Cuando ya habían apagado la luz del dormitorio, regresó Teresa. No fue directamente a su cama, sino a la mía, se metió vestida entre las sábanas y se tapó hasta la cabeza. Yo no sabía qué hacer ni qué decir, esperaba una bronca. Pero, en lugar de echarme en cara mi cobardía, empezó a hablar en voz baja:

—Tienes que ayudarme.

—¿Ahora?

—¡Sí! ¡Ahora!

—¿Qué pasa?

—Después te lo cuento. ¡Levántate!

—Pero... ¡nos van a pillar!

Me sacó de la cama de un empujón, apenas tuve tiempo de echarme una rebeca por encima y de ponerme unas zapatillas; ella saltó detrás de mí.

—¡Vamos! —susurró.

—¡Ya voy!

La luz de la luna entraba por los resquicios de las  ventanas. Teresa señaló hacia una de las que daban al huerto trasero del hospicio y me indicó que saldríamos por allí para no encontrarnos con la hermana de guardia.

—¡Ah, no! ¡Yo no salto por ahí! –exclamé al comprender sus intenciones.

—No pasará nada. Estamos en la planta baja. ¡Venga, yo te ayudo!

Una vez más me dejé llevar por su presencia de ánimo, aunque sospechaba que aquello acabaría mal. Ella entrelazó las manos y me aupó a la ventana. Me senté a caballito y me agarré con todas mis fuerzas a la madera. El marco se me clavaba en el trasero y me hacía daño. Ella tomó un poco de carrerilla y se sentó a mi lado. Después, se dejó caer ágilmente al otro lado, con tan mala fortuna, que fue a dar con unas ortigas que había debajo. Salió dando saltos como un monito, pero sin abrir la boca. Pensé que me iba a dejar allí sola y me entraron ganas de llorar, pero enseguida volvió para ayudarme.

 —Baja por aquí que no hay ortigas —musitó.

Me apoyé de nuevo en su cuerpecillo; parecía enclenque, pero era duro como  la madera de enebro. Una vez en tierra firme, corrimos a refugiarnos debajo de unas tomateras. A ella le resultó fácil ocultarse, pero a mí no me tapaban ni la mitad del cuerpo. Entonces fui yo quien la cogió del brazo con fuerza y le dije:

—De aquí no paso si no me cuentas qué estamos haciendo.

Teresa se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y yo quise hacer lo mismo, pero me resultó imposible, por lo que opté por dejarme caer como un saco de patatas. Entonces empezó a contarme:

—Cuando estaba lavando tu delantal en el lavadero, a través de la ventana que da a la enfermería, he oído decir al médico que Leonor está muy enferma. Tiene una diarrea que no se le cura con arroz hervido ni con zanahorias, y que no hay dinero para medicinas en el orfanato.

Se interrumpió a punto de llorar. Continuó entre pucheros:

—¡Dijo que Leonor se podía morir!

—Pero, Teresa, nosotras no podemos hacer nada.

—¡Sí que podemos!

Yo no dejaba de mirar a nuestro alrededor y todas las sombras me parecían amenazadoras.

—¿Cómo? —dije con un hilo de voz.

—Escaramujos.

—¿Escaramujos?

— Mi madre me los daba cuando tenía diarrea. Les llamábamos tapaculos.

—Sí. Pero, ¿qué son?

—Salen del rosal borde, en verano, cuando se caen las flores. Son unas bolitas rojas.

— ¿Y no le harán daño?

—Si les quitamos los pinchitos que tienen debajo de la piel y las semillas, no.

—¿ Están buenos? —Se me hacía la boca agua al pensar en comida.

—Te dejan la lengua como un estropajo, pero quitan el hambre y, sobre todo, te curan cuando vas suelta de vientre.

—¿Dónde hay de eso?

—He visto en el patio de don Abundio.

—¡Jo! Con el mal genio que tiene ese. Si nos pilla...

Un hormigueo me recorrió la espalda hasta las piernas.

—¡Venga! ¡Vámonos! Se hace tarde.

 Salió corriendo en dirección al muro que cerraba el huerto. No era muy alto, pero a mí me parecía una montaña. Ella trepó como una ardilla por unos trastos abandonados junto a la pared y saltó. Yo no me atreví y me quedé llorando. Al poco rato oí su respiración esforzándose por volver a subir desde el otro lado. Al instante, su cabecita de pelo hirsuto y blanco por el reflejo de la luna, asomó por encima de la tapia.

—¿Qué haces?

—¡Yo no puedo subir! —sollocé.

—¡Dame la mano… arriba!

Logré llegar a lo alto a trompicones y, siempre con su ayuda, me deslicé al suelo. El camino se me hizo eterno. De vez en cuando miraba hacia atrás y veía la sombra del orfanato que nos acechaba con sus ojos rectangulares y amarillos. Temía ver aparecer a sor Antonia de un momento a otro. El estómago se me encogió hasta darme náuseas, pero seguí corriendo para no quedarme atrás. Una vez junto a la valla, Teresa trepó por los barrotes de hierro y, desde dentro, me abrió la puerta que sólo estaba atrancada con un cerrojo.

—¡Entra y no hagas ruido!

Enseguida encontramos el rosal silvestre. Los escaramujos brillaban a la luz de la luna. Sólo rompían el silencio de la noche el latido de nuestros corazones y el cri - cri de los grillos. Miré alrededor y todo me pareció misterioso. En ese momento una idea me vino a la cabeza.

—¡Teresa!

—¿Qué?

—¿Sabes lo que nos harán, si nos cogen?

—¡No pienses ahora en eso!

—¡Nos llevarán a las adoratrices!

—¿Y…?

—Dicen que la que va al reformatorio de las hermanas adoratrices no vuelve...

—¡Bah! ¡Venga, ayúdame a coger esto!

—¡Nos van a descubrir! ¡Tengo miedo!

—Escucha, no nos pueden coger porque le he pedido un “cariñín” a mi madre.

—¡Tu madre está muerta!

—Sí, pero me ayuda desde el cielo cuando se lo pido.

Estas palabras, lejos de tranquilizarme, me pusieron más nerviosa, ya que las cosas del más allá me causaban cierto repeluzno. Pensé que era algo bruja.

—¡Cuidado...! —no pudo terminar el aviso. Nada más poner la mano en el arbusto me clavé una espina.

Chillé.

Mi amiga me tapó la boca con la mano, pero ya era tarde. Inmediatamente se empezaron a encender luces. Poco después, la figura de don Abundio se recortó en la entrada del porche.

—¿Quién anda ahí? —gritó al mismo tiempo que dejaba suelto un perrazo de orejas recortadas.

El animal lanzó dos o tres ladridos, que sonaron como cañonazos en mitad de la noche, y vino derecho hacia donde estábamos nosotras. Cerré los ojos paralizada por el miedo. De un momento a otro esperaba sentir en mi carne los dientes de la bestia. No supe hacer otra cosa que rezar:

—¡Dios te salve, María...!

Pasaron unos segundos y no ocurrió nada. Oía el jadeo del perro, pero no parecía irritado. Poco a poco, me atreví a separar los párpados. Lo que vi me ratificó en la idea de que mi amiga tenía algo de hechicera. Teresa tenía agarrado el morro del perrazo con sus manitas y le dio un beso en la frente; el mastín meneó el rabo y le lamió la cara.

—¡Hala, vete ya! –ordenó Teresa.

El animal volvió con su dueño. Este debió de pensar que no había nada anormal en el patio y entró en la casa. Poco después se apagaron de nuevo las luces y nosotras pudimos dedicarnos a nuestra tarea.

Teresa se llenó los bolsillos de escaramujos y yo puse los que pude dentro de la rebeca. Después regresamos por el mismo camino; al llegar a las tomateras, nos detuvimos para pelar y sacar las semillas de las bolitas rojas, y cuando las hubimos limpiado todas, nos dirigimos a la ventana del comedor por donde habíamos salido.

Aún nos esperaba una nueva sorpresa. La ventana no se podía alcanzar desde el exterior, porque el suelo del huerto estaba más bajo que el de la casa. Nos quedamos sin saber qué hacer. A mí me temblaba todo el cuerpo y debía de estar blanca como el enjalbegado de la pared. La imagen de las adoratrices y su siniestro reformatorio no se me iba de la cabeza.

Al cabo de unos minutos, Teresa tuvo una idea:

—Aún hay luz en la portería. Eso quiere decir que la hermana Guadalupe debe de estar por allí. Escucha bien lo que vamos a hacer...

Pusimos todos los escaramujos envueltos en la rebeca, con el propósito de guardarlos hasta el día siguiente. A continuación, me  escondí al lado de la puerta, de manera que no se me viese desde ella. Teresa se subió a un poyo de piedra y golpeó varias veces con la aldaba. Se oyó la voz de sor Guadalupe :

—¿Quién es? ¡A estas horas!

—Sor Guadalupe, soy Teresa. ¡Ábrame, por el amor de Dios!

La puerta se abrió y la figura de la monja se recortó contra la luz amarilla del recibidor.

—¿Qué demonios? ¡Dios me perdone! ¿Qué haces ahí, criatura?

Mi amiga le contó que había tenido ganas de orinar y que las letrinas le habían dado asco porque estaban muy sucias. Por eso había salido al huerto por la ventana, pero luego no había podido entrar. Mientras hablaba se había colocado de forma que la monja no pudiera cerrar la puerta y no viese a quien pasaba por ella. Yo aproveché para colarme e ir derecha al dormitorio.

La hermana portera despertó a la madre superiora y le explicó la historia que le había contado Teresa.

—No creo una sola palabra —oí que decía la superiora—. Pero, como supongo que no te voy a sacar la verdad, en la mentira tendrás tu castigo. ¿No dices que las letrinas están muy sucias? Pues antes de acostarte te encargarás de dejarlas como los chorros del oro. ¡Andando!

Era muy tarde cuando sentí que entraba en el dormitorio. Me asomé un poco entre las sábanas y vi a mi amiga sonriente, parecía que no le importaba haber tenido que limpiar todos los retretes ella sola.

No recuerdo si mi amiga consiguió hacer llegar el remedio a su destino ni lo que pasó con la enferma, pero aquella noche nació en mí una profunda admiración por Teresa, y la fama de sus poderes se extendió como una  mancha de aceite entre las niñas de la Beneficencia.

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