lunes, 18 de junio de 2012

A este lado del espejo


A ESTE LADO DEL ESPEJO


Cuando la magia está a este lado del espejo.
No vayáis a pensar, por lo que os contaré a continuación, que Jacinto Miralles es un hombre supersticioso o mujeriego; no, lo que pasa es que a veces le traiciona su fantasía. Como cuando ve, o cree ver, un diablo travieso que se entretiene mancillando su imagen en el espejo del lavabo; o cuando imagina aventuras sentimentales que le ayudan a mantener en forma su ego, como la quimera que fabricó con una mujer que vio en el metro la mañana del primer domingo de mayo.

Al día siguiente de este encuentro, Miralles se dispuso a cumplir con el ritual del afeitado. Presionó con fuerza la palanca del envase de espuma, pero solo salió un largo y decepcionante estertor metálico; agitó de nuevo el tubo y volvió a pulsar, esta vez consiguió que cayera en su mano  algo de crema mezclada con gas,  como un suflé de jabón; acto seguido, se la extendió por la cara con la punta de los dedos, despacio, como quien cumple con una ceremonia delicada en la que se han de poner los cinco sentidos para que salga perfecta; era temprano y tenía mucho tiempo por delante para dedicarlo a esta tarea.

Desde que se jubiló, las únicas incidencias que rompen la monotonía en la vida de Jacinto Miralles son las ITV, como llama él a las revisiones que el calendario facultativo le impone; para no agobiarse, se deja llevar por la rutina, aunque de vez en cuando se sienta en el borde de la cama y esconde la cabeza entre las manos, solo un instante. Aquella mañana tardó unos segundos en reconocerse en el personaje avejentado que reflejaba el espejo; cuando lo consiguió, su ánimo bajó tantos enteros como la bolsa en época de crisis. Para postre, el dolor en las articulaciones de los dedos y de la muñeca derecha le recordaron que había de rendir visita  al reumatólogo.

Apartó los pensamientos negativos de su cabeza y acabó de extender la crema por la cara y el cuello. El resultado de la maniobra le satisfizo: el blanco de la mascarilla resaltaba el azul impreciso de la mirada y avivaba el tono de los labios, de forma que  resultaban más frescos y juveniles; además, por contraste, el pelo ya no parecía tan canoso. Estas observaciones le animaron y estuvo un rato contemplando su figura; empezó el repaso por el vientre, que no acabó de convencerle, así que tensó los abdominales para esconderlo; luego, echó los hombros hacia atrás y apretó los puños y flexionó un poco los brazos para sacar bíceps;  una vez recompuesto su cuerpo según su gusto, sintió un agradable bienestar en el estómago; esta sensación le evocó la experimentada en el metro el día anterior.

El domingo, a las seis de la mañana, Miralles se había deslizado fuera de la camahacia con suavidad para hacer el menor ruido posible. No quería molestar a su mujer, pues era la cuarta vez que se levantaba a orinar. “Tengo que pedir hora al urólogo”, pensó; pero la agresividad de las pruebas  le hacía dar prioridad a las revisiones de otras especialidades.
Este pensamiento lo desveló por lo que, aunque era temprano, decidió vestirse y dar un paseo largo en vez de ir al gimnasio. Viajaría en metro hasta el pie del Tibidabo y caminaría por el Collserola dejándose llevar por la intuición. Antes de salir, dudó entre ponerse la chaqueta o salir a cuerpo gentil; optó por abrigarse. Subió al metro en la estación de La Sagrera. A esas horas solo viajan los muy madrugadores como él y los trasnochadores que buscan un after para continuar la juerga; sin embargo quedaban pocos asientos desocupados y en la estación de Sagrada Familia se ocuparon todos.

Al reiniciar el tren la marcha, le llamó la atención una mujer que hablaba por el móvil; le calculó entre treinta y cuarenta años; tenía ojos oscuros de mirada inteligente; su rostro reflejaba firmeza y dulzura al mismo tiempo, y toda ella estaba rodeada por un aura que transmitía familiaridad. Iba vestida con una falda corta de color gris y una camiseta azul marino de tirantes que dejaban al descubierto los brazos. La encontró atractiva, pero le pareció descortés mirarla directamente, por lo que se dio la vuelta y la contempló en el reflejo del cristal de la puerta del vagón; allí se fundían los hombros desnudos y el pecho pujante de la joven con su cuerpo encogido dentro de la americana. Miralles se quitó la chaqueta y se irguió todo lo que pudo.
Sonrió para sí mismo, aquel gesto se había parecido mucho al que acababa de hacer al terminar de ponerse la crema de afeitar. Miró detrás de él en el espejo, imaginando que veía a la joven en el cuarto de baño, como la había visto el domingo en la puerta del vagón del metro.

 ¿Sería posible que ella lo mirara también? Sin duda aquellas pupilas profundas absorbían su imagen  sin pestañear. La reacción del vello de la nuca le recordó que debía ir a la peluquería; un chispazo culebreó por su columna y le produjo un hormigueo en la rabadilla que le hizo apretar las nalgas. Se miró de reojo en la puerta del vagón, el pelo blanco le daba una prestancia que él encontró atractiva, y el rostro sereno y amable lo hacía parecer próximo y afectuoso. ¿Por qué no? Ella habría podido  ir también  a pasear y, al encontrarse por el camino, él la saludaría y habrían continuado juntos el ejercicio. “Me parece que hemos llegado en el mismo metro”, ella sonreiría, “sí, lo recuerdo, es el señor que estaba apoyado en la puerta del vagón”, “hace una mañana espléndida para pasear”; ella inspiraría profundamente levantando el pecho y echaría la cabeza hacia atrás ligeramente. Sintió el tacto de la piel de los brazos de la mujer en la palma de las manos y aspiró su aroma natural. La savia corrió con fuerza por los vasos del tronco leñoso y hojas verdes brotaron en las ramas secas al ver la señal que ella le hizo para que se acercara.
Delante del espejo volvió a sentir aquellas sensaciones, como si la atractiva mujer estuviese presente en ese momento. Mientras tanto, la espuma había ido desapareciendo arrastrada por la hoja de acero, en su lugar emergía la tez morena y tersa; un poco antes de llegar a la mandíbula se perdía algo de firmeza, para recuperarla, tiró de la piel con suavidad;  y justo donde había apoyado las yemas de los dedos, observó una mancha oscura que no había visto antes. En un instante, toda la ilusión que se había forjado se desinfló como la espuma de afeitar cuando se acaba el gas del recipiente. De la misma manera que la excitación que le produjo el guiño de la atractiva viajera se había marchitado al oír sus palabras, “tome mi asiento, señor, yo soy joven y puedo ir de pie perfectamente”.

De nuevo volvió aquella intuición que tenía a veces de que un diablo inmisericorde se afanaba en ultrajar la imagen del espejo: un día sentía que le pintaba una mancha en el pómulo; otro, que le dibujaba una arruga en el cuello o le teñía el pelo de blanco y se lo arrancaba a puñados dejándolo caer en la pila del lavabo. A veces, le parecía oírlo reír detrás de él, incluso había llegado a volverse para sorprenderlo, hasta que se cercioraba de que el juguetón espíritu estaba atrapado en el azogue. Este convencimiento le tranquilizaba, el demonio poco podía hacerle encerrado en el universo invertido.
Siguió afeitándose con mucho cuidado; estiró la piel allí donde le parecía necesario para que la triple cuchilla de cabezal basculante pudiera llegar a todos los rincones: por debajo de la mandíbula inferior, en los pliegues alrededor de la boca o debajo de la nariz. Cuando hubo retirado toda la espuma, exploró con los dedos la superficie de la cara para detectar si había quedado alguna zona rasposa.

Al pasar la mano por la mejilla derecha, sintió una excitación muy agradable que lo sumergió de nuevo en el mundo de la fantasía. La piel conservaba en aquel punto uno de esos recuerdos corporales que las células mantienen durante toda la vida; son recuerdos que se instalan en la región de los sueños y permanecen intactos allí, como la más dulce de las quimeras.  Oculto, como un preciado tesoro, guarda Jacinto la impresión del beso en la mejilla que una niña le dio hace muchísimos años. Para él, esta huella, henchida de ternura y afecto, es como aquella piedrecita que recogimos de pequeños y que escondemos sabedores de que solo tiene significado para nosotros, y que pertenece al rincón de la existencia donde Miralles se refugia cuando la realidad le muestra su peor cara.
Jacinto Miralles imaginó que aquella niña había crecido y que era la joven del metro, que la señal que le hizo era una muestra de que lo había reconocido y que en ella se había vuelto a despertar el afecto que le tuvo años atrás; soñó que buscaba su dirección en twiter y se ponía en contacto con él. Se enjuagó la cara para retirar los restos de jabón de debajo de las orejas y de la nariz, levantó los ojos y creyó ver al demonio encerrado en su espejo, impotente para ultrajar su mundo de sueños, donde se acababa de instalar una nueva fantasía: la mujer del metro.

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