domingo, 1 de diciembre de 2013

LA LLAVE


Ante todo, he de dejar constancia de que el relato que sigue es producto de mi imaginación y que cualquier semejanza con la realidad la fabrica el lector por su cuenta.

Érase una vez , un anciano padre que tenía dos hijos a los que trataba como  un dictador a la antigua usanza y no dudaba en utilizar la violencia para imponer su capricho. Una de sus obsesiones era que en la vivienda solo podía haber una llave, porque si no, decía, sería ingobernable. Paco, el menor de los hijos, era el preferido del viejo; aunque confiaba más en el criterio de Jordi, el de más edad, para manejar el dinero de la familia. Así, el pequeño acumulaba privilegios domésticos, como el sitio preferente en la mesa a la hora de comer, o el mejor asiento en las reuniones familiares; mientras el mayor se iba apoderando de las riendas del negocio. Los dos detestaban la manera de actuar del padre, lo que no impedía que Jordi echara en cara a Paco el favoritismo de que disfrutaba.

Una de las prerrogativas que el anciano, enclaustrado por la edad, cedió al menor fue el progresivo control de la llave, a cambio, se tenía que ocupar de los menesteres del hogar. Jordi tenía que llamar a la puerta para acceder a la casa y avisar cuando quería ir a algún sitio; además, se le impuso un horario estricto de entradas y salidas, y no podía recibir visitas sin el beneplácito del pequeño.

Esta dependencia irritaba al primogénito, quien ponía mala cara cuando tenía que proveer para el mantenimiento de la familia y de la casa, pues no tenía en cuenta que se había enriquecido con los bienes familiares. Aunque casi no se atrevía a protestar en vida del dictador,  cuando lo hacía, siempre contaba con el apoyo de Paco; a pesar de esto, no perdía ocasión de llamar la atención sobre su servidumbre y hacer quedar como un abusón a su hermano pequeño.

Cuando murió el anciano padre, el mayor suplicó al pequeño que relajara los horarios de entradas y salidas, recordándole que era tan dictador como el padre por mantenerlo en aquella situación. El menor, que ya sabemos que odiaba el proceder del viejo, accedió con mucho gusto. Poco tiempo después, Jordi  solicitó a Paco  que dejara la llave en un lugar accesible para los dos y así no tendría  que pedir permiso para entrar o salir y para recibir visitas. Paco lo encontró razonable y así lo hicieron. A pesar de todo, Jordi seguía echando en cara a su hermano que vivía a su costa.

No pasó mucho tiempo sin que el primogénito, reclamara una copia de la llave, arguyendo que los dos eran dueños de la casa y debían tener los mismos derechos.  Paco encontró razonable el argumento y se apresuró a entregar una copia de la llave a su hermano.  Jordi  no dejaba de quejarse por tener que ser el único que aportaba dinero a la casa, y que luego los dos hermanos tuvieran los mismos derechos.

Un día, al volver Paco a la casa se encontró con que el mayor había mandado cambiar la cerradura y tuvo que llamar. Cuando logró entrar, pidió una copia de la nueva llave a su hermano a lo que este respondió que no era conveniente hacer copias de la llave y que era de justicia que a cada casa le correspondiera una llave. Más tarde, argumentó que la seguridad de la casa imponía un control de entradas y salidas. Al fin y al cabo, eso es lo que el viejo había hecho con él. Cuando Paco protestó, Jordi  le llamó pequeño dictador y le recordó que vivía gracias a lo que él le daba y que si no le gustaba, podía marcharse.

Paco recogió sus pertenencias y se fue calle abajo, sin saber a dónde ir, porque aquella había sido su casa de toda la vida.

Jordi  salió a la puerta y esgrimiendo la llave lo despidió gritándole:

―¡Adiós, fascista!


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