viernes, 15 de abril de 2011

La última oportunidad

     LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD


 Jorge caminó hacia el mostrador de madera que había a la izquierda de la puerta de entrada a la residencia; para llegar a él tuvo que sortear a un anciano de piernas arqueadas y temblorosas, tocado con una boina calada hasta los ojos, que se incorporaba a una fila para recibir la medicación correspondiente en la enfermería. El viejo arrastraba un andador de aluminio que chirriaba al avanzar porque le faltaba el protector de goma en una pata. El visitante contó doce personas: unas en silencio, ensimismadas, mirando fijamente a ninguna parte, y otras inmersas en lo que a Jorge le pareció una yuxtaposición de monólogos. Detrás del aparador, una enfermera que manipulaba documentos sin mucho entusiasmo levantó la cabeza al ver al muchacho.
     —¿Qué desea?. ―La voz sonó rutinaria.
     —¿El señor Rodríguez? —preguntó el recién llegado.
     —¿Ya sabe él... ?
     —Sí. Le he telefoneado esta mañana.
     —Entonces estará esperando en la sala de visitas. Por ese pasillo, la tercera puerta a la derecha. ―Acompañó sus palabras con un gesto indolente.
     —Gracias.
     —A mandar. ―La mujer volvió a enfrascarse en la clasificación de impresos, que tenían el aspecto de ser solicitudes de ingreso.
     La sala de visitas no era muy grande. Frente a la puerta se veía un cuadro apaisado que representaba a una joven con delantal y toca de enfermera dando la mano a un anciano que la miraba con adoración. A cada lado de la pieza había un sofá y dos sillones de badana color marrón oscuro, y delante de los tresillos, sendas mesitas de cristal con varios números atrasados de las revistas Hola y Diez Minutos, y suplementos dominicales de El País y La Razón. En uno de los sillones estaba sentado un anciano de tez cetrina y cabello ralo.
     Al ver entrar a Jorge, el viejo apoyó las manos en los brazos del sillón e inclinó el cuerpo hacia delante.
     — ¡No te levantes, abuelo!
     —¡Hola, Tito! ―Había alegría sincera en su voz.
     —¿Cuándo vas a dejar de llamarme Tito? ¡Tengo ya treinta años! —le recriminó Jorge con dulzura empalagosa.
     —Para mí siempre serás un crío. Por lo menos hasta que...
     —Ya lo sé, abuelo.
     —Es que...
     —¡Ya estás con la cantinela de siempre! ―La dulzura iba dejando paso a la impaciencia.
     —Yo..., desde los quince años...
     —Pero, abuelo, esos eran otros tiempos. Ahora no se encuentra trabajo así como así.     
     —Creo que pertenezco a otro mundo...
     —Venga... —El joven se sentó al lado del anciano y le cogió las manos—. ¡Cuéntame… cómo se portan aquí contigo!
     —Aquí... no voy a estar aquí mucho tiempo.
     —Va, va... ¿No te tratan bien? ¿Te dan la medicación? ―preguntó solícito.
     —Muy bien..., sí..., es su trabajo. 
     —Pues no pienses en cosas tristes. ―No había convencimiento en las palabras del nieto.
     —Y tú... ¿qué haces?
     —Como siempre, abuelo.
     —¿Qué?
     —Pues ahora aquí, mañana allí... Ya sabes...
     —No… no sé.
     —Hago lo que puedo, abuelo, hago lo que puedo. ―Le soltó las manos y se distanció. Su mirada se dirigió hacia el cuadro de la pared.
     —Bueno, vamos a dejarlo. Para un día que vienes...
     Jorge oyó el crujido del andador cerca de la puerta, miró hacia el pasillo y vio que ya sólo quedaban seis ancianos esperando las medicinas. Cuando el último residente pasase por el botiquín, todos irían al comedor; por lo tanto, tendría que darse prisa si no quería perder aquella ocasión.
     —Abuelo, me ha surgido una oportunidad que no puedo desperdiciar.
     —No será un trabajo. Porque...
     —Si sigues así, me voy. ―Endureció la mandíbula e hizo ademán de levantarse.
     —¡No… no te vayas! ¡Por favor!
     —Bueno.
     —¿De qué se trata?
     —Pues verás...
     —¿Qué? ―apremió el abuelo.
     —Durante las vacaciones de Navidad conocí a una chica maravillosa. ―Una amplia sonrisa iluminó su cara.
     —¿Y...?
     —Mira, aquí llevo una foto. Se llama Elvira.
     —Sí que...
     —Te gusta, ¿eh, abuelo?
     —¡Hombre...!
     —No disimules. Has puesto los ojos como platos al verla.
     —Es que...
     —Pues esta preciosidad me dijo que la ilusión de su vida sería hacer un crucero.
     —¿Y...?
     —¡Joder, abuelo! Estas oportunidades se presentan una vez en la vida. Un bombonazo así... hay que disfrutarlo, ¿no crees? ―Intentaba transmitir entusiasmo dando a su voz un tono de complicidad al tiempo que guiñaba un ojo.
     —Pero un crucero cuesta mucho dinero.
     —Y que lo digas... ¡un pastón!
     —¿Y de dónde lo piensas sacar? Porque no creo que tú...
     —Hombre, abuelo..., yo había pensado...
     —¿Qué?
     —Pues que tú...
     —Que yo..., ¿qué?
     —Me lo podrías dejar.
     —¿Cómo?
     —Tú ya no lo vas a necesitar.
     —Los médicos...
     —No creas, eso lo dicen para animar. Pero... no creo que...
     —Pero si yo no tengo ni un duro.
     —Puedes vender la casa del pueblo.
     —¡Es la casa de la familia! Mi abuelo, mi padre... todos hemos nacido allí.
     Se oyó avanzar el taca-taca de nuevo. La voz de Jorge sonó fría e impaciente.
     —Hoy eso no se valora. ¿Qué te crees? Mis padres están esperando que tú... para venderla.
     —Bueno, mira..., Tito... te voy a confesar algo.
     —¿Qué?
     —Ya he vendido esa casa.
     —Pero..., ¿por qué? ¿No acabas de decir...?
     —Sí, pero es que me daba vergüenza decirte la verdad.
     —¿Para qué querías tú el dinero?
     —Me dijeron que había un tratamiento carísimo que...
     —Abuelo, eso son patrañas para sacar el dinero a la gente desesperada.
     —Mientras hay vida...
     —¿Qué te van a dar... tres meses más…, seis? En cambio, si yo no disfruto ahora de la vida, ¿cuándo lo voy a hacer?
     El anciano clavó sus ojos acuosos en los grises de Jorge y apretó con fuerza los labios; un ligero temblor le sacudió las mejillas. El joven pensó que el viejo ponía la misma cara para llorar que para reír. Si no fuera por la tensión que había entre los dos, hubiera dudado de las emociones del abuelo.
     —Mira, viejo, no tengo ganas de oír lloriqueos. ¡Ahí te quedas!
Jorge se levantó furioso y salió de la sala sin volverse a mirar al anciano. En el recibidor, la recepcionista le preguntó:
     —¿Qué..., a despedir al abuelo?
     —¿Tan pronto… ?
     —Esta misma tarde. No quiso esperar más.
     —¿Cómo…?
     —Cuando los médicos le dieron el alta, me encargó que reservase dos pasajes en un crucero por el Mediterráneo.
     —¡El muy cabrón! Pero, ¿por qué dos pasajes, es que se va con alguien?
     —Mire, precisamente ahí llega la enfermera que  ha contratado para que lo acompañe. —Jorge siguió con la mirada la indicación de la recepcionista y por la puerta del jardín vio entrar a Elvira arrastrando una enorme maleta de ruedas.
     El chirrido del andador se perdió detrás de la puerta de la enfermería y los ancianos se dirigieron al comedor arrastrando los pies, en silencio, apurando los últimos instantes de su vida.
De la serie Tercera edad

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